¿Hay un exceso de universitarios en España?

Existe la impresión de que en España hay muchos más universitarios que en otros países “más serios” y todo eso. ¿Es verdad? Pues no. Estamos en la media de la OCDE: un 32 por ciento, según el informe Education at a Glance 2013 de la OCDE, que acaba de publicarse.

Si nos comparamos con Canadá,  nuestro porcentaje de adultos con estudios terciarios (universidad y formación profesional superior) es modesto. Si nos medimos con Francia o Alemania, les sacamos unos puntitos de ventaja. Si miramos hacia Italia, bueno, podemos decir que en efecto tenemos inflación de universitarios…y quizás por ello no tenemos un Berlusconi ni un Grillo.

Los datos españoles de Education at a Glance 2013 pueden consultarse aquí: Panorama de la Educación. Indicadores de la OCDE 2013. Informe español.

 

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El convincente (y falso) doctor Fox

Los profetas (y los expertos) se equivocan [En VLC News]

Cuando la reina Isabel II fue a la London School of Economics, en noviembre de 2008, sorprendió a los economistas con una pregunta que, por lo demás, se estaba haciendo medio mundo. Oigan, vino a decirles, ¿cómo es que nadie pudo prever la crisis? La perplejidad de la reina era muy comprensible. Los problemas que conducen a un desastre de tal magnitud no aparecen de la noche a la mañana. Y, en efecto,  una vez que estalló la crisis fue bien fácil señalarlos. El único “pronóstico” que no falla nunca es el que se hace a posteriori. El día después, todos somos sabios. (Seguir leyendo)

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Pelé ya no es el rey

Pelé ha dicho algo natural en su caso ante el revuelto llamado revuelta que ha surgido en Brasil.

“Vamos a olvidarnos de toda esa confusión que está pasando en Brasil y vamos a pensar que la selección brasileña es nuestro país, es nuestra sangre. No le vamos a silbar, la vamos a apoyar hasta el final”, dijo Pelé en un vídeo.  E insistió:  “Voy a pedir a los brasileños, una vez más, que no confundan las cosas”.

Fue muy criticado por esas palabras.

La confusión de las cosas está en la naturaleza del revuelto. Pelé es un tipo chapado a la antigua, y pensaba que una cosa es la subida del transporte público y otra distinta   la organización del Mundial de Fútbol en Brasil en 2014. Luego parece que le han explicado que, en realidad, la gente no protestaba por la subida del transporte público, sino por el despilfarro y la corrupción.

Otro chapado a la antigua es el alcalde de Sao Paulo, Fernando Haddad, que dijo en un principio ante la protesta que inicialmente era contra la subida del transporte: “La cosa más fácil del mundo sería contentar a la gente a corto plazo. Y tomar una decisión de carácter populista sin explicar a la sociedad las decisiones que uno está tomando”.

Horas después,  su partido, el Partido de los Trabajadores, el que gobierna en Brasil, le hizo abandonar esa forma antigua de pensar, y revocó la subida. Una decisión que, por supuesto, no  puso fin a las manifestaciones, porque en realidad no eran contra la subida.

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Ni angelitos ni demonios

Ni angelitos ni demonios (en VLC News)

Cada día se oyen maldiciones contra los políticos. Yo las escucho de gente de todo tipo, es decir,  de izquierdas, de derechas y mediopensionistas. Si en algo están de acuerdo es en culpar a los políticos de la crisis. “Esto se veía venir. Mira lo que han hecho”, dicen. Y entonces sacan la lista de los despilfarros, que es como la lista de la compra que hace un nuevo rico. O sea, póngame de todo y siempre lo más caro y ostentoso.

Ojalá fuera tan simple. Y ojalá se hubiera espabilado antes respecto a lo que se hace y se deja de hacer con el dinero público. Pero no nos hemos ahogado por el peso muerto del despilfarro, aunque sea lo más visible. Es verdad que nuestra “década prodigiosa” trajo esas obras faraónicas, esos aeropuertos donde no vuelan ni las moscas, esa miríada de organismos públicos, tal sobredosis de museos y polideportivos,  tantas prestaciones y subvenciones y el resto de ítems de la lista del derroche. (Seguir leyendo)

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El cementerio de los libros

Parece que esta maldita crisis no se conforma con destruir nuestro futuro, también quiere desposeernos del pasado. Otro paisaje de la memoria colectiva, la vieja librería Canuda, ha caído víctima de la Ley de Arrendamientos Urbanos y de la definitiva ausencia de espíritu conservador entre nosotros. Ya ocurrió en su día con aquellos majestuosos cafés de las Ramblas, sacrificados  todos en tributo al rey del pollo frito. Porque, contra lo que prescribe el lugar común, en España ni hay ni nunca ha habido conservadores. Nadie tuvo noticia de ellos cuando la alegre demolición del patrimonio arquitectónico del país durante el desarrollismo de los sesenta. Igual que ni están ni se les espera hoy, mientras las franquicias de comida basura o de moda barata profanan el espacio de aquellos cementerios de libros que tanto nos ayudaron a ser un poco civilizados.  Hasta un capítulo de la Historia de España como el mismísimo café Gijón se ha salvando por los pelos de la única ley que semeja inviolable a ojos los que se dicen conservadores, la de la oferta y la demanda. No ha sucedido en Viena, donde cualquiera puede contemplar los espacios que recreaba Stefan Zweig en “El mundo de ayer”. Y tampoco en la Venecia del Florian, el París del café de la Paix, la Lisboa de la Brasileira, o el Berlín del Adlon Kempinski. Solo ha pasado aquí. Aquí, donde los presuntos conservadores serán quienes al final acaben haciendo realidad la necia desiderata de Marinetti y sus futuristas: “…nosotros no queremos saber nada del pasado. ¡Nosotros, los jóvenes fuertes y futuristas! ¡Vengan, pues, los alegres incendiarios de dedos carbonizados! ¡Aquí están! ¡Aquí están! ¡Vamos! ¡Prended fuego a los estantes de las bibliotecas! ¡Desviad el curso de los canales para inundar los museos!… ¡Oh, qué alegría ver flotar a la deriva, desgarradas y desteñidas en esas aguas, las viejas telas gloriosas!… ¡Empuñad los picos, las hachas, los martillos, y destruid, destruid sin piedad las ciudades veneradas!”.

 

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