Las aventuras colectivas

Hace tiempo que miro con enorme prevención las aventuras políticas colectivas en pos de grandes cambios que entrañan rupturas radicales,  en los que se depositan expectativas (desmesuradas, infundadas, irrealizables) de soluciones definitivas a problemas recurrentes o, peor aún, coyunturales. Se me dirá que eso ocurre cuando hay mucha gente desesperada. Pero me parece que lo definitorio de las aventuras políticas colectivas es la esperanza (desmesurada, infundada, irreal).

Lo dice alguien que en una de las vidas que ha llevado se dedicó, como suele decirse, a vivir a la aventura, lo cual consiste grosso modo en hacer tabla rasa una y otra vez, y lanzarse a lo desconocido, como también suele decirse. Así que entiendo y recomiendo la aventura personal: no tengo nada contra ella.  En cierta manera, es consustancial a la vida humana. Todo el mundo hace un punto final de vez en cuando en alguna de las facetas de su vida y recomienza.

Recuerdo que en una ocasión, mientras hacía yo vida de nomadeo, visité a mi amiga Petra Blum, que estaba entonces en Lichtenstein, y me dijo: “Para que haya gente como tú, tiene que haber gente como yo”. Gente como ella quería decir gente que tuviera un empleo estable y una casa y demás; cosas que ella tenía, a pesar de que era  una artista, lo cual suele conjuntarse con un vida bohemia, o tal vez por ello. Tenía mucha razón Petra. Yo no habría podido vivir a la aventura, si otros no ponían la infraestructura, por así decirlo.

También recuerdo que al regreso de esa vida aventurera me sorprendía que amigos que continuamente se quejaban del tedio y sinsentido de sus empleos (he de decir que casi siempre eran funcionarios) respondieran con miradas de extrañeza o con un sonoro “imposible” cuando les decía que podían dejar ese empleo que tanta insatisfacción les producía y probar suerte en otra actividad. Si me explicaban los obstáculos, estos no tenían que ver con responsabilidades familiares; no se trataba de que tuvieran que pagar todos los meses el cole de los niños o la hipoteca. Eran impedimentos vagos,  como que ya estaban ahí, instalados en su forma de vida, y cómo iban a dejar todo eso por algo  que nada garantizaba que saliera bien. Es decir, preferían lo conocido, lo familiar, por defectuoso que fuera, al riesgo de aventurarse a lo desconocido.

Lo interesante, lo enigmático para mí, es que la enorme prudencia que mucha gente aplica a su vida privada, eso que sujeta para no emprender aventuras de riesgo, desaparezca en muchos casos cuando se trata de la vida pública. Es decir, me sorprende el hecho de que habiendo relativamente pocos dispuestos a embarcarse en aventuras personales, haya relativamente tantos dispuestos a embarcarse en las mucho más inciertas aventuras colectivas.

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1980 -España bajo el terror de ETA

Ayer vi la nueva película de Iñaki Arteta sobre el terror de ETA: “1980″. (La vi, aclaro, en el ordenador, en descarga legal y debidamente autorizada para la prensa). Como con la anterior película que le  había visto (“Trece entre mil”) me resisto a llamarla documental. Documental evoca reportajes cocinados para la tele, rápidos repasos a un asunto, corta y pega ordinario. Lo de Arteta, en cambio, es cine de verdad y del bueno, aún más, del excelente. Yo, que en otra vida fui cinéfila y algo se queda, le tengo por un cineasta de raro talento artístico, un poeta de la imagen.

Lo pensaba, sobre todo, viendo una secuencia. Mientras Florencio Domínguez, el periodista, cuenta como se enteró del asesinato de dos guardias civiles que tuvo lugar el 15 de mayo en Goizueta (Navarra), y se dirigió hacia allí con un fotógrafo, la película transcurre por la estrecha carretera que conduce a ese pueblo,  se desliza por la abundante vegetación, por los árboles y plantas que flanquean la bien cuidada calzada, y lo hace de tal manera que uno siente una falta de humanidad. Como si aquella no fuese  una naturaleza vital, acogedora, soleada, sino una naturaleza muerta. Y enseguida vemos a los muertos: en las fotos que hizo el reportero de los dos asesinados. Uno aún está sentado, la cabeza hacia atrás, el cuello chorreando sangre; el otro tirado en el suelo, en parte debajo de la mesa, como un guiñapo. (Dudo que esas fotos se publicaran entonces).

El paisaje con su monotonía de verdes fríos y desapacibles, en movimiento,  y luego, quietos, en blanco y negro,  dos cadáveres en las posiciones grotescas de la muerte violenta. Hay una continuidad que no sabría explicar entre lo uno y lo otro. Como hay una continuidad que tampoco podría explicar entre el obispo Setién, uno de los entrevistados,  y la pared desnuda a la que le da la espalda: una pared, un fondo de nuevo verdoso, azulgris, de un color de antiguo sanatorio, quizá de psiquiátrico.

La capacidad de Arteta para combinar materiales de distinta naturaleza (periodísticos, fotográficos, testimonios), y  la naturaleza misma como fondo (fondo lluvioso,  verdoso, fondo de pequeñas poblaciones despobladas, fondo siempre falto de calor) es una de las  maravillas visuales y narrativas que ofrece “1980″. Pero el fondo (lo que transmite el fondo visual) es también el trasfondo (social, psicológico). La complicidad, la indiferencia, el mirar para otro lado, la culpabilización de las víctimas. ¿Cómo fue posible que una banda de asesinos se apoderase de las vidas y las almas de tantos individuos?  Ah. Y la gran pregunta que aparece en el tráiler: ¿Cómo no se ha contado antes una historia así? Noventa y ocho asesinatos en 1980. Más de doscientos atentados. Al poco de empezar la película vemos un fragmento de un telediario de la época. Con el mismo gesto con el que anunciaría la información del tiempo, el presentador anuncia: ”Ahora pasamos a informarles, como decía Joaquín, de los hechos terroristas del día”.

Véanla, si pueden.

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La verdad acerca de nuestra era libertaria (Mark Lilla)

“Es hora, veinticinco años después, de volver a debatir la guerra fría. En la década que siguió a 1989, hablamos de poco más. Ninguno de  nosotros previó la rápida fragmentación del imperio soviético, el igualmente rápido regreso de Europa oriental a la democracia constitucional, o el marchitamiento de los movimientos revolucionarios que había apoyado Moscú. Ante lo inesperado, nos pusimos de un modo inusual a pensar a lo grande. ¿Era “el fin de la Historia”? ¿Y  ”qué queda de la izquierda”? Después, la vida continuó y nuestro pensamiento volvió a lo pequeño. (…) Así, por unas u otras razones, nos olvidamos de la guerra fría. Lo que parecía muy buena cosa.

No lo era. En realidad, no habíamos pensado suficiente sobre el fin de la guerra fría, y especialmente sobre el vacío intelectual que iba a dejar. Aunque sólo fuera eso, la guerra fría centraba la mente. Las ideologías en conflicto, cuyos linajes se remontaban a dos siglos atrás, ofrecían visiones claramente opuestas de la realidad política. Ahora que han desaparecido, uno esperaría que tuviéramos las cosas mucho más claras, pero lo cierto es justo lo contrario. Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, tal vez desde de la Revolución Rusa, nuestro pensamiento político nunca había sido tan superficial ni había estado tan desorientado. Todos percibimos que en nuestras sociedades están teniendo lugar  cambios ominosos, igual que en otras sociedades cuyo destino influirá sobre el nuestro. Y, sin embargo, nos faltan los conceptos adecuados, incluso el vocabulario, para describir el mundo en el que nos encontramos. La conexión entre las palabras y las cosas se ha roto. El fin de la ideología no ha despejado las nubes. Ha traído una niebla tan densa que no podemos ver ya lo que está delante de nosotros. Estamos en una era ilegible.”

The truth about our libertarian age. Why the dogma of democracy doesn’t always make the world better, Mark Lilla.

El artículo:

http://www.newrepublic.com/article/118043/our-libertarian-age-dogma-democracy-dogma-decline

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El espejismo cosmopolita

En una ocasión, tuve una visión del futuro. Fue, seguramente,  en 1987 y en Ginebra, ciudad donde residí un  otoño-invierno-primavera. Una tarde, en un piso,  coincidimos  una docena o más de personas de distintas nacionalidades europeas.  Una reunión internacional no era infrecuente en la ciudad,  pero lo habitual en tales casos era elegir como lingua franca, la del lugar, el francés. En aquella particular ocasión, sin embargo, ocurrió que todos los reunidos hablaban todos los idiomas nativos de los presentes y los usaron a la vez.

El francés, el inglés, el alemán y el español, y creo que también algo de italiano,  se mezclaban fluidamente en la charla, pasándose de un idioma al otro  incluso en la misma frase. Tras un rato dentro de aquella Babel en la que todo el mundo se entendía, salí. No realmente, porque continué en la sala, pero tomé  distancia;  pasé de estar implicada en una de las conversaciones a ser espectadora del conjunto. Al escuchar el zumbido del enjambre idiomático  tuve una sensación de euforia. La música de aquel esperanto espontáneo era sorprendente, divertida, original, y aunque bordeaba el caos, era armónica; era como una inspirada improvisación jazzística.

Vino entonces la visión. Uno quiere darle fijación y  permanencia a aquello que  le place. Pensé: así hablaremos los europeos y así seremos. Dentro de no mucho tiempo. Di por hecho que aquella mezcla de idiomas de la que estaba siendo testigo no sólo era el futuro idioma europeo, sino también el signo de una especie de conciencia posnacional, una que no entrañaba desprecio de las características nacionales, pero que permitía  mixturarlas, unirlas, trascenderlas. Era como formar un equipo con  lo mejor de cada casa. Sí, cada uno tendría su idioma nativo, su pasaporte nacional y todo lo demás, pero las fronteras y las identidades estancas no existirían: uno era español, sin duda y a mucha honra, pero no iba a encerrarse en ello.

Yo no estaba viendo el futuro, claro. Sólo estaba con un grupo de gente cosmopolita. No sospechaba, de tan natural que me parecía aquella evolución,  que la extensión del cosmopolitismo en modo alguno servía de freno al repliegue en pequeñas, cerradas, tribales, excluyentes  identidades, que tenía lugar al tiempo que las viejas naciones, ya apagadas sus antiguas voces orgullosas y altaneras, diluían su identidad.

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De cómo ha ganado en Escocia, dicen, el señor Durán Lleida

¿Quién  ha ganado?

José García Domínguez  (ABC-Cataluña)

Lea estos días la prensa bienpensante, igual la catalana que la madrileña, quien aún dude sobre la veracidad de aquello tan célebre que predicaba Chesterton, a saber, que el periodismo consiste en informar de que Lord Jones ha muerto a personas que no tenían ni la más remota idea de que Lord Jones estuviese vivo. Y es que, de creer a los más ilustres alfareros de la opinión pública hispana, el referéndum de Escocia lo ha ganado cierta “tercera vía”, entelequia conceptual que nadie, empezando por sus entusiastas publicistas mediáticos, sabe en qué consiste. Uno, en su cándida ingenuidad, pensaba que había triunfado el no. Pero, al parecer, anda uno del todo errado. Porque quien se ha impuesto en las urnas de Edimburgo y alrededores ha sido el señor Duran Lleida.

(Continuar lectura: http://www.abc.es/catalunya/20140921/abci-dominguez-201409201753.html )

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