El caso de “Victus” y el Instituto Cervantes

¡Vuelve la censura!

José García Domínguez (En ABC-Cataluña)

Tenía razón Mendoza, Barcelona encarna en verdad la genuina ciudad de los prodigios. ¿Y es que acaso recuerda alguien al Dalai Lama lloriqueando en las portadas de la canallesca por el agravio horrible de que el Gobierno de la opresora China no se prestase a servir un vinito y los preceptivos canapés en la presentación de alguno de sus libros? ¿Viose a un solo publicista literario de la insurgencia palestina denunciando airado que Israel no subvenciona con suficientes caudales públicos hebreos sus iracundos libelos judeófobos? ¿Tal vez consta en los anales que Nelson Mandela solicitó becas de creación o cholletes parejos al régimen de Pretoria en tiempos del «apartheid»? ¿Desde cuándo los aborígenes cruelmente oprimidos por potencias coloniales se plantan ante las cámaras de la tele autonómica para clamar que el Instituto Cervantes no se presta a hacer el marketing gratis de sus novelitas de tercera regional? ¿Desde cuándo el Reino de España tiene entre sus obligaciones inexcusables cooperar con sus medios todos para que el escribidor Sánchez Píñol gane – aún más – dinero con una muy burda falsificación propagandística de lo acontecido en la Guerra de Sucesión? ¿Desde cuándo nos presumen tontos?

(Seguir leyendo: http://www.abc.es/catalunya/20140907/abci-dominguez-201409071254.html )

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Tópicos a revisar: Una pyme es buena, una gran empresa es mala

Hay tópicos que uno repite, más que nada fiado de que todo quisque lo dice, hasta que llega un momento, a saber por qué, en que el repetidor del tópico se pregunta si no estará equivocado o será una tontería eso que ha venido dando por sentado y cierto. Este proceso lo he experimentado en muchas ocasiones, así que no me ha pillado de nuevas encontrar argumentos que cuestionan uno de los tópicos tradicionales de la economía política española: la querencia por las pequeñas y medianas empresas.

Quiere el tópico que las pymes sean, no ya el tipo de empresa más abundante en España, que lo son, sino el mejor, el fetén, el que debe ser apoyado por encima de todo, en particular por los gobiernos de turno a través de ventajas fiscales, bonificaciones, etcétera. El respaldo es muy evidente en el discurso. De hecho no se oirá decir a un ministro o un portavoz de partido que hay que respaldar con ventajas de algún tipo a las grandes empresas (aunque luego quizá lo hagan). En cambio, todo son parabienes, halagos y proyectos de apoyo a las pymes, casi siempre con el argumento de que son ellas las que generan más puestos de trabajo en España.

No se le escapará al observador que hay un subtexto en ese hacerles la pelota a las pymes, y que el subtexto tiene que ver con un sentimiento que se supone dominante en la opinión pública española. Las grandes empresas serían, de acuerdo con ese sentir, capitalistas, explotadoras, multinacionales, ergo malas, mientras que las pequeñas serían como aquellas entrañables tiendas de ultramarinos de la esquina: pequeños negocios que dan de vivir a una familia y a unos cuantos empleados, y que son en definitiva como familias, donde las relaciones trabajador-patrón son fraternales y cooperativas. O sea, buenas.

Dicho de otra forma, el cariño y la simpatía que se les tiene a las pymes en España obedece a que se las ve como no-capitalistas. Un trasfondo que también explica seguramente que se haya dado en llamar “emprendedores” a los empresarios. “Empresario” tiene connotaciones negativas en ese imaginario nuestro tan permeado por un anticapitalismo premoderno. Lo mismo sucede, dicho sea de paso, con “hacer negocio”. Esto está mal visto, y basta decirlo para descalificar al que lo pretende. La paradoja de estos sentimientos es que son pocos los españoles que no quieren ganar dinero, pero muchos los que no quieren/no les gusta  que lo ganen los demás.

El problema con las simpáticas pymes españolas es que son poco competitivas y poco productivas. El hecho de que conformen la mayoría de nuestro tejido empresarial es una de las razones de la escasa productividad de nuestra economía. En el blog Politikon, Roger Senserrich le ha dedicado al asunto un par de apuntes muy recomendables que pongo aquí, a ver si vamos cayendo del guindo (incluido el ministro):

La obsesión con las Pymes: http://politikon.es/2011/09/13/la-obsesion-con-las-pymes/ (hay un enlace a un cuadro de la OCDE que ya no funciona)

De productividades, empresas y países: http://politikon.es/2011/06/08/de-productividades-empresas-y-paises/

No somos los únicos que fomentan las pymes y desincentivan la creación de empresas más grandes. Francia cojea también de ese pie. En este artículo del New York Times explican cómo un “emprendedor” (un escalador que montó una empresa de limpieza y reparación de fachadas) tuvo que crear varias empresas distintas para evitar los costes que entraña tener una empresa con más de 49 empleados.

The Number that Many French Businesses Fear: http://www.nytimes.com/2014/07/24/business/international/the-number-that-many-french-businesses-fear.html?module=Search&mabReward=relbias%3As%2C%7B%221%22%3A%22RI%3A6%22%7D

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¿Hay inflación de títulos universitarios?

¿Hay  inflación de títulos universitarios?*

En los años sesenta y setenta, muchas familias de la nueva clase media española se pudieron permitir, por fin, enviar a sus hijos a la Universidad. Padres que apenas habían podido estudiar consiguieron así, con no poco trabajo y sacrificio, que sus retoños accedieran a un nivel de formación con el que ellos ni siquiera habían soñado. Estudiar, y más en la Universidad, sólo había estado al alcance de una minoría.

El propósito de aquellas familias era muy comprensible y loable. Un título universitario abría la puerta a bienes tales como un trabajo mejor, un nivel de vida superior y  reconocimiento social. Tener un hijo universitario era un orgullo para unas familias que  habían decidido invertir mucho en educación. No un orgullo envanecido,  sino la satisfacción por que los hijos superasen una larga y difícil prueba que requiere  de cualidades específicas y de un gran esfuerzo sostenido.

Insisto en el esfuerzo que implica el estudio,  por lo infravalorado que está  hoy, como si estudiar fuese lo más fácil del mundo y el estudiante disfrutara de una vida regalada. Un  menosprecio al que ha contribuido la constante rebaja del listón de la exigencia en  el sistema educativo. Cuando en nombre de la igualdad, o para evitar problemas, se aprueba a alumnos que no lo merecen, se hace un flaco favor  al valor del título,  al propio alumno y a la sociedad.

En la época de la que hablaba, las familias deseaban que los hijos  estudiaran una carrera, pero al tiempo tenían muy claro que no todos disponían de las cualidades adecuadas. En mi infancia, he oído decir muchas veces  aquello de que Fulanito “no vale para estudiar”. Pegar los codos a la mesa,  concentrarse en los libros, atender en clase, no se le daba bien y había que buscarle otra salida.  Si alguien dijera hoy eso, ¡uf!,  le tacharían de elitista o clasista. Pero tenían razón aquellos padres: no todo el mundo  vale para estudiar, como no todo el mundo vale para ser artista.

A medida que se eliminaron filtros de selección, la “masificación universitaria” fue a más y se comenzó a hablar de inflación de títulos. Si acudimos al último informe de la OCDE, “Education at a glance 2013”,  en España  un 32 por ciento de personas, entre 25 y 64 años, dispone de  títulos superiores. Menos que Estados Unidos, Reino Unido, Finlandia o Noruega. Pero más, ¡atención!, que Alemania (28%),  Francia (30%) o Italia (15%).

Con ese 32 por ciento de personas con estudios superiores estamos en el promedio de la OCDE, por lo que podemos decir que el problema no es la tan comentada inflación de títulos. Pero veamos otro aspecto de la cuestión. Cuando el número de licenciados rebasa cierto umbral, habrá cada vez más personas que quieran serlo, puesto que carecer de una licenciatura, cuando  la tiene ya tanta gente,  no es la mejor carta de presentación para un trabajo. 

El economista coreano Ha-Joon Chang, profesor en Cambridge, ha comparado este fenómeno con lo que sucede en un teatro cuando unos espectadores se ponen de pie para ver mejor el escenario. Si más y más espectadores se levantan,  acabarán por levantarse todos. El resultado es que “nadie ve el escenario mejor que antes, pero todos están más incómodos”.

En España, como en otros países que sucumbieron a esa dinámica, está ocurriendo exactamente eso. La licenciatura tiende a  convertirse en requisito mínimo, como antaño el Bachillerato, y la única manera de diferenciarse respecto de la “masa” de licenciados es hacer masters o doctorados. Ese proceso conduce a la devaluación del título de licenciado. 

De los buenos propósitos de aquellas familias que deseaban que sus hijos progresaran, llegamos a una situación en la que ser universitario ni significa gran cosa ni garantiza el progreso. Es más, no pocos estudiantes habrán perdido el tiempo y malgastado su esfuerzo en el empeño. Así que habrá que corregir esa tendencia. Una forma de hacerlo es mejorar las alternativas a la titulación universitaria y prestigiarlas, ya que la formación profesional ha quedado como la opción para aquellos, pobrecitos, que no pueden hacer otra cosa.

Alemania dispone de un porcentaje menor de titulados universitarios que nosotros. Uno de los motivos es que allí la formación profesional no lleva estigma ni se asocia con los fracasados. Valga el ejemplo de un matrimonio alemán, padres de unos amigos. El padre es abogado y la madre médico. Me dijeron que no habían presionado a sus hijos para que fueran a la Universidad, y de hecho no fue ninguno de los tres. Uno se hizo carpintero,  otro lutier y la hija, enfermera. Kein Problem.

Por lo demás, no olvidemos que nuestro gran problema educativo no está en la franja superior, sino en la media. Casi la mitad de la población, un 46 por ciento, según el informe de la OCDE,  tiene únicamente estudios primarios, si es que los completa. Es ahí donde dejamos de parecernos a los países europeos y nos acercamos a los países en vías de desarrollo. Ah, la olvidada y depreciada enseñanza media.

*Publicado en VLCNews, 30-06-2013

 

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Los profetas se equivocan

Los profetas (y los expertos) se equivocan*

Cuando la reina Isabel II fue a la London School of Economics, en noviembre de 2008, sorprendió a los economistas con una pregunta que por lo demás se estaba haciendo medio mundo. Oigan, vino a decirles,  ¿cómo es que nadie pudo prever la crisis? La perplejidad de la reina era muy comprensible. Los problemas que conducen a un desastre de tal magnitud no aparecen de la noche a la mañana. Y, en efecto,  una vez que estalló la crisis fue bien fácil señalarlos. El único pronóstico que no falla nunca es el que se hace a posteriori. El día después, todos somos sabios.

Si uno recuerda algunos de los vaticinios que alcanzaron celebridad en décadas pasadas, tendrá motivos para instalarse en el escepticismo. Se predijo, por ejemplo,  que la Unión Soviética sobrepasaría económicamente a Estados Unidos, y lo que ocurrió fue que desapareció la URSS y cayó el muro de Berlín,  cosas ambas que apenas nadie había previsto. Se profetizó, no hace tanto,  que Japón sería la gran potencia del siglo XXI y que China no pintaría nada, y ya se ve que también ahí erraron las pitonisas. Esto por no hablar de las auguradas catástrofes de todo tipo, sea por la superpoblación, por la escasez de materias primas o por la inflación, que se han resistido a cumplirse.

En estos tiempos de tribulación económica hay tal demanda de oráculos que ningún experto se libra de que le hagan sacar la bola de cristal para que diga cuándo vamos a salir de la crisis. Más que saber qué está pasando, se quiere saber qué va a pasar, pero la disparidad de los pronósticos es tan grande que el ejercicio de prognosis acaba arrojando más dudas. Así que la cuestión finalmente es: ¿a quién creer? Y la mala noticia es que solemos fiarnos de quién no deberíamos.

El periodista  canadiense Dan Gardner en su libro “Future Babble”, que podemos traducir como “Cháchara sobre el futuro”, ofrece muchos ejemplos devastadores. Y  tanto sobre la solvencia predictiva de los expertos como sobre nuestra capacidad  para distinguir entre el verdadero experto y el auténtico cantamañas. Uno de los casos más llamativos proviene de un experimento realizado, en los años 70, por unos psicólogos de una universidad californiana, que  contrataron a un actor y lo hicieron pasar por un experto en teoría de juegos.

Aquel falso doctor Fox dio conferencias ante académicos y estudiantes, y todos quedaron encantados. Sus charlas eran puro sinsentido, pero hablaba con tal autoridad, confianza y claridad, que convencía a sus oyentes. En contraste, uno de los  pocos economistas que advirtió del estallido de la burbuja inmobiliaria en Estados Unidos, Robert Shiller, despertaba el recelo de las audiencias televisivas. ¿El motivo? Que sus explicaciones son complejas y matizadas y no parece estar en posesión de la verdad.  

Hay quien piensa que los expertos  tienen las mismas  probabilidades de dar en el blanco que un chimpancé que lanza unos dardos.  Yo no me atrevería a suscribir un juicio tan tajante. Siempre hay alguno que acierta, pero no sabremos quién tenía razón hasta el día después. No queda otra que convivir con la incertidumbre.

*Publicado en VLCNews, 23-06-2013

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Los bulos de la crisis

Dado que buena parte de los artículos que publiqué en VLCNews y enlacé aquí, en Heterodoxias, se han perdido en el éter de internet, iré recuperando algunos este verano, porque es feo tener un enlace que no lleva a ninguna parte, y por eso de que igual tienen todavía algún interés.  

Los mil y un bulos de la crisis *

La facilidad con que se difunden y aceptan datos falsos sobre las causas y los efectos de la crisis dejaría pasmados a aquellos traficantes de bulos de  tiempos pretéritos. Ellos tenían a su favor que apenas había gente ilustrada y que no existía nada semejante a nuestra industria de la comunicación. En este siglo hiperinformado no podemos alegar ignorancia.

El caso de los desahucios, por ejemplo. A raíz de un informe del Consejo General del Poder Judicial, que cifraba en más de 400.000 los desahucios desde 2008, se tuvo por cierto que casi medio millón de personas se habían quedado sin casa, en la calle. Eran unos 83.000 por año,  un dato tremendo, que servía en bandeja la justificación para esos selectivos linchamientos de políticos a los que llaman  “escraches”. Pero tenía bicho.

No distinguía cuántos desahucios eran de primera vivienda y cuántos de segundas residencias, locales comerciales, garajes o naves. Y esto era importante para la percepción del problema. Que alguien se quede sin un local o un apartamento en la costa no alarma tanto como que una familia pierda su única vivienda. Ahora, una encuesta del Colegio de Registradores brinda una cifra más realista: el año pasado la banca se quedó con 30.044 primeras viviendas. Aún es considerable y es, sin duda,  una desgracia, pero afecta a bastantes menos personas de las que se creía.

Con el aluvión de datos sucede algo curioso. El primer dato que aparece, y el más escandaloso, es el que se queda, el que se toma por verdadero, aunque después se desmienta. Vayamos a otro bulo que  fue creído a pies juntillas por mucha gente. Según un supuesto informe oficial había en España  445.000 políticos. Todo un récord planetario cuyo mantenimiento nos saldría muy caro siempre que fuera verdad. La astronómica cantidad ya invitaba a la sospecha y al mirar las entrañas del “informe” se descubría el truco. Sumaba como políticos a directores de agencias meteorológicas y de institutos astrofísicos, a vocales de cámaras de comercio y alcaldes pedáneos, a gestores del catastro y, si se descuida,  a cualquiera que pasara por allí.  

El  “dato” corrió como  la pólvora y se dio por bueno por una razón: encajaba en la idea previa de que los políticos eran los culpables de la crisis. Luego les tocó a los funcionarios. Se decía que había demasiados, que pasaban las horas muertas tomando “el cafelito” y que no salíamos del pozo por el exceso de personal de las Administraciones, que tenían un tamaño mastodóntico.  Sin embargo, los datos, los auténticos, muestran que el número de funcionarios en España está en el promedio de la UE. Y que el 82 por ciento de los empleados de las Comunidades Autónomas  trabajan en educación, sanidad y seguridad. Pero el funcionario sirvió, por una temporada, de chivo expiatorio.

Al recordar el enorme éxito que han tenido estos bulos, que son sólo un botón de muestra, se le quita a uno cualquier tentación de sentirse superior a las crédulas gentes de otras épocas. No somos tan distintos. Hemos pasado por la escuela y muchos por la Universidad. Disponemos de fuentes diversas y accesibles de información. Pero nos inclinamos a creer aquello que queremos creer, aunque no sea verdad. Jean-François Revel, el pensador liberal francés, dedicó un libro, “El conocimiento inútil”, a esa paradoja. Allí dejó esta sentencia inapelable: “Hoy, como antaño, el enemigo del hombre está dentro de él. Pero ya no es el mismo: antaño era la ignorancia, hoy es la mentira.”

 *Publicado en VLCNews, 14-04-2013

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