Un sombrero cargado de nieve-Las citas (y 2)

(Continúa la entrada anterior con los nombres de los capítulos de Un sombrero cargado de nieve y las citas que los encabezan)

6. Larga vida a los volcanes apagados

“Durante estos dos años de vagabundeo me había sentido en general como el desconcertado protagonista del Satiricón de Petronio: ‘Saltas por todas partes y te preocupas y te molestas como el inquieto ratón cogido en una escupidera.’ Pero retrospectivamente, esos saltos frenéticos, esa persecución de lo imposible y esas aventuras forman un conjunto nítido y pleno de sentido.”

Arthur Koestler, Autobiografía. Flecha en el azul

 

 

7. Al otro lado del mundo hay una cocina

“El mundo era mi anfitrión; yo era un huésped en su concurrido y animado establecimiento.”

George Santayana, Personas y lugares 

 

 

 

8. No mires dos veces

“-¿Se puede beber el agua de tu pozo, thugyi-min?

El cacique reflexionó, rascándose la pantorrilla izquierda con la uña del dedo gordo del pie derecho.

-Los que la beben, la beben, thakin. Y los que no la beben, no la beben-

-¡Ah! eso es sabiduría.”

George Orwell, Días de Birmania

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

9. Regreso al invierno

“Permítaseme confesar aquí que nunca fui uno de esos excelentes personajes capaces de hacerse a la mar en una bañera por la mera diversión que pudiera obtenerse de tal locura.”

Josep Conrad, Crónica personal

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

10. Una vez di la vuelta al mundo para llegar a casa

“Pero, ¿por qué sintió siempre con tanta fuerza la atracción magnética del hogar, por qué pensó tanto en él, recordándolo con una precisión tan deslumbrante si no tenía importancia y si esa pequeña ciudad, y las colinas inmortales que la circundaban, no eran el único hogar que tenía en la Tierra? No lo sabía. Todo cuanto sabía era que los años fluyen como el agua y que un día los hombres vuelven a casa.”

“Cada cosa que aprendía era, una vez comprendida, tan simple y obvia, que le asombraba que no la hubiera sabido siempre.”

Thomas Wolfe, You can’t go home again

 

 

 

 

Y el haiku que da título al libro:

“Gustosamente venderé por una ganancia, queridos comerciantes de la ciudad, mi sombrero cargado de nieve”

Matsuo Basho, The records of a weather-exposed skeleton 

 

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Un sombrero cargado de nieve-Las citas (1)

En este Día del Libro quiero dar las gracias a  los lectores de Un sombrero cargado de nieve,  y hacer un pequeño homenaje a los autores que cito en el libro.  Este es un recorrido por las citas que elegí, siempre por alguna buena razón, aunque no me la pregunten ahora, para encabezar los diez capítulos del libro.

1. De un ascensor de Madrid a un tren en Siberia.

“A quienes me piden cuentas de mis viajes suelo responderles que sé muy bien de qué huyo, pero no qué busco”

Michel de Montaigne, Ensayos

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

2. Qué delicia ser extranjero

“Dicen que viajar ensancha la mente; pero hay que tener la mente.”

G.K. Chesterton, El poeta y los lunáticos 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

3. El tesoro era la isla

“-Ah -dijo-, qué lugar tan bonito es esta isla; un sitio perfecto para que lo conozca un muchacho como tú. Podrás bañarte, trepar a los árboles, cazar cabras, y podrás escalar aquellos montes como si fueras una de ellas. Esto me devuelve mi juventud. Ya hasta se me olvida mi pata de palo. Qué hermoso es ser joven y tener diez dedos en los pies, tenlo por seguro”

Robert Louis Stevenson, La isla del tesoro 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

4. En mi desierto no hay oasis

“En cuanto uno llega al Sáhara, por primera o por décima vez, percibe la quietud. Un silencio absoluto, increíble, impera fuera de las ciudades; y dentro de ellas, incluso en lugares bulliciosos como los mercados, hay una cualidad silenciosa en el aire, como si la calma fuera una fuerza consciente que resintiera la intrusión del sonido y lo redujera y dispersara de inmediato. Después está el cielo, un cielo que hace que todos los demás cielos parezcan pusilánimes.”

Paul Bowles, Bautismo de soledad

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

5. Quiero ir a Japón, pero voy a Jamaica

“El viajero inteligente viaja sólo con la imaginación. [...] Pero hay personas a las que les gusta echarle sal al café.”

W.Somerset Maugham, Honolulu

 

 

 

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Qué debe hacer Europa ante el radicalismo islámico

La invasión

Daniel Ari*

Es tan ensordecedor el ruido producido por la prensa digital y los medios sociales a propósito de los últimos atentados yijadistas en el corazón de Europa; son tan ambiguas, cuando no enfrentadas entre sí, las reacciones de los gobiernos europeos a la llegada masiva de refugiados de diversos países musulmanes, algunos en guerra y otros no, que conviene detenerse un momento, respirar a fondo e intentar –al menos intentar– separar el trigo de la paja.

Por lo que respecta a las recientes masacres de París y Bruselas, el diagnóstico es muy sencillo: estamos en guerra. Una guerra declarada formalmente contra Occidente con los brutales atentados del 11-S, hace ahora 15 años, y que la mayor parte del mundo, gobiernos y medios de comunicación incluidos, ha intentado durante todo este tiempo tratar como un hecho aislado, como un problema exclusivamente estadounidense, víctima de su política geoestratégica. Como si en el resto de Occidente no nos beneficiásemos de la política geoestratégica de los EE.UU., la única potencia mundial dispuesta, hasta la llegada de Obama al poder, a luchar, con sus grandes aciertos y sus grandes errores, por garantizar nuestro modo de vida, por mantener a raya los tentáculos del totalitarismo, por imponer derechos humanos y civiles donde estos brillan por su ausencia.

Cito el 11 de septiembre del 2001 como fecha de la declaración “formal” de la guerra contra Occidente porque nuestros enemigos empezaron mucho antes a golpear sistemáticamente todo lo que oliera a libertad. Si no, que se lo pregunten a los israelíes, que vienen sufriendo centenares de Parises y Bruselas desde hace varias décadas y que constituyen la primera línea de la batalla de Occidente contra la Yijad, aunque, en ese punto del planeta, Europa la justifique y hasta la financie. O que se lo pregunten a los cristianos de otros tantos países de Asia y África donde el Islam aún no ha conseguido imponer su hegemonía.

Bien. Estamos en guerra. Ese es el diagnóstico. De sencilla comprensión, salvo para nuestros progres culposos y culpables. El problema surge cuando consideramos el futuro. Puesto que no existe el menor espacio de compatibilidad entre su cultura y forma de vida y las nuestras, que son como dos trenes en trayectoria de colisión, debemos plantearnos algunas preguntas. ¿Qué quiere ser de mayor esta vieja y opulenta Europa hoy carcomida por la cobardía, el relativismo moral y el multiculturalismo? ¿Qué queremos hacer con todas las conquistas, con todo el progreso que hemos sido capaces de engendrar a lo largo de los siglos? ¿Y con los valores heredados de la tradición judeocristiana y de la Ilustración?

En las décadas de 1960 y 1970, durante el Wirtschaftswunder, Alemania firmó con Turquía (sin luces ni taquígrafos) un tratado para importar mano de obra barata desde allí. Tanto por razones similares, como por la deuda moral adquirida por las otrora metrópolis con sus colonias, otros países europeos se han ido llenando abrumadoramente de musulmanes. Hoy tenemos ciudades, pueblos y barrios europeos donde los musulmanes ya son mayoría o constituyen minorías numerosísimas; colegios públicos en los que todos los niños, musulmanes o no, están obligados a comer halal para no herir la sensibilidad de los musulmanes, y donde el genocidio de seis millones de judíos está fuera de planes de estudios, otra vez para no ofender a los musulmanes; mezquitas donde se reclutan yijadistas y se enseña a odiar la cultura de la sociedad de acogida ante la absoluta indiferencia de las autoridades; tribunales para “delitos menores”, tales como rencillas familiares, en los que rige la sharía, cuya gestión delegan las autoridades en los propios musulmanes para ahorrarse dolores de cabeza. Hoy tenemos estados, como Países Bajos, donde los críticos al radicalismo islámico o los artistas que exponen obras ofensivas para el profeta Mahoma son llevados ante los tribunales y los imanes que predican la violencia contra los no musulmanes o contra las mujeres musulmanas que no obedecen los usos y costumbres del islamismo pasan convenientemente desapercibidos; países, como Suecia, donde políticos y prensa hacen lo imposible por ocultar la identidad de los violadores cuando son musulmanes, y países, como Francia, que se están convirtiendo en judenfrei (¡en 2016!) por las agresiones permanentes de los musulmanes a los judíos y por la criminal negligencia de las fuerzas del orden.

Si bien es cierto que no todos los musulmanes apoyan el yijadismo ni son anti occidentales, también lo es que un número enorme de ellos prefiere vivir bajo la ley de la sharía. No lo digo yo, lo dicen encuestas encargadas por medios de información musulmanes en países musulmanes y europeos. Y este dato debería resultar tan preocupante como la concepción errónea y caricaturesca de que todos los musulmanes están a favor de la Yijad.

Lo que nos lleva al título de este artículo. Es verdad que somos objeto de una invasión (en el sentido estricto, no peyorativo, de la expresión): cientos de miles de musulmanes golpean con miedo o con rabia las puertas de Europa Oriental, ansiosos por unirse a otros millones que ya conviven, a menudo a regañadientes, con nosotros. Y es verdad que entre ellos hay una minoría que viene a Europa con el objeto de contribuir a la “guerra santa” contra los cruzados. Minoría en términos estadísticos, pero en cantidad suficientemente importante para comprometer nuestra seguridad.

Sin embargo, también es verdad que nuestra obligación es abrirles las puertas. Por razones morales, humanitarias y de cumplimiento del derecho internacional. Debemos abrirles las puertas para dejar entrar a los que tienen razones legítimas para pedir asilo. Y debemos controlar a cada una de las personas que entran. No solo cuando entran, sino durante su estancia en Europa. Esto no supone una violación de sus derechos ni de su intimidad, al menos no más de lo que países como Alemania violan diariamente esos derechos con sus medidas de control y el cruce de datos entre los distintas organismos administrativos. Si no lo estamos haciendo es porque no es políticamente correcto. Y la corrección política nos acerca cada vez más al precipicio: los ataques terroristas, los crímenes sexuales, los guetos en los que no se atreve a entrar la policía y el creciente abandono de las medidas coercitivas para hacer cumplir las leyes a los que, por razón de religión, se sienten amenazados por ellas, así lo demuestran.

Como medidas complementarias, debemos ejercer un mayor control sobre la actividad de las mezquitas; retirar el pasaporte e impedir la entrada a los ciudadanos europeos que se van a Siria o a Irak a unirse a grupos yijadistas o, en su defecto, recibir con la cárcel a los que vuelven; prohibir el uso del burka en las calles (no solo por la dignidad de las mujeres, sino también por nuestra seguridad); prohibir los tribunales de la sharía y la imposición de costumbres y leyes islámicas como la de la alimentación halal, que no son sino formas de imponer el islam en nuestras sociedades. Debemos abrirles las puertas y, además de brindarles los derechos de los que carecen en sus países de origen, exigirles el cumplimiento de las obligaciones a las que nosotros mismos estamos sujetos.

Y, sobre todo, junto con los esfuerzos por aceptar e integrar a los que llegan, debemos dejar de enseñar memeces de multiculturalismo, corrección política y relativismo moral a nuestros hijos. Un asesinato es un asesinato; da igual la adscripción religiosa o ideológica de quien lo comete. El maltrato a una mujer es el maltrato a una mujer; sin importar lo que diga el guía espiritual de turno o el libro sagrado del que la maltrata. Debemos hacerlo por nuestros hijos si queremos que crezcan como individuos íntegros y libres. Y si queremos seguir siendo Europa, claro.

*Daniel Ari es diseñador gráfico, traductor y fotógrafo. El artículo es una contribución al blog Heterodoxias.

 

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Los medios y sus monstruos

El éxito de Donald Trump entre el electorado republicano, tan abrumador como inesperado, ha dado pie a comentarios periodísticos en EEUU que señalan, como factor decisivo de ese éxito, a la gran cobertura mediática que ha tenido, muy superior a la que recibieron el resto de candidatos a las primarias del partido. La cuestión tiene especial interés entre nosotros, porque tenemos el caso de un dirigente político del que también se puede decir que ha sido encumbrado por los medios. Hablo, cómo no, de Pablo Iglesias Turrión, quien partía, además, al contrario que Trump, como un perfecto desconocido.

Los dos últimos artículos que he leído en la prensa norteamericana sobre la responsabilidad de los medios en el ascenso de Trump son complementarios y plantean hipótesis multicausales. En ninguno de ellos, ni en ningún otro de los que he podido leer al respecto, asoma algo similar a la opinión más extendida aquí sobre el “fenómeno mediático Podemos”, y que se sustenta en algún tipo de operación política: el partido del gobierno, el PP, habría fomentado la aparición de Iglesias en los medios (al menos, en sus inicios) con el fin (suponemos) de fragmentar el voto de la izquierda.

El columnista Nicholas Kristoff dice en un artículo en el New York Times (My Shared Shame: The Media Helped Make Trump) que “nuestro primer error fue que la televisión, en particular, le entregó a Trump el micrófono sin hacer el adecuado fact-checking o sin examinar con rigor su pasado, en una cobarde simbiosis que propulsó las audiencias de ambos”.

Kristoff cita  a Ann Curry, una ex presentadora de “Today”: “[Trump] entra en escena en la campaña presidencial justo en un momento en que los medios están afrontando graves incertidumbres sobre su futuro financiero. La verdad es que los medios han necesitado a Trump del mismo modo que el adicto al crack necesita un subidón”.

Según un estudio que hizo el NYTimes,  los medios le han dado a Trump 1.900 millones de dólares en publicidad gratis en este ciclo presidencial. “Esto es 190 veces más de lo que [Trump] ha pagado en anuncios, y es mucho más de lo que ha recibido cualquier otro candidato”, dice Kristoff.

Las múltiples falsedades de Trump no fueron sometidas a contraste, según el autor, porque “tratamos erróneamente a Trump como a una farsa”, como a un payaso (añado yo). Y no se le tomó en serio, sigue Kristoff, “porque permanecimos ajenos a las penurias de los americanos de clase trabajadora y, así, no pudimos percibir cuánto eco iba a tener su mensaje.”

Kristoff reconoce que es probable que un mayor rigor periodístico no hubiera cambiado gran cosa el curso de los acontecimientos. Cuando los periodistas han cuestionado las afirmaciones de Trump, sus seguidores, dice Tom Brokaw, de la NBC, “ponen reparos a las preguntas, no a las respuestas frecuentemente incompletas, erróneas o flojas.” Aún así, el columnista concluye que “en conjunto, en los medios hemos potenciado a un demagogo y le hemos fallado al país. Hemos sido perritos falderos (lapdogs), en lugar de perros guardianes (watchdogs, organismos protectores).

Zeynep Tufekci, investigadora de medios y movimientos sociales, en otro artículo en el mismo periódico (Adventures in the Trump Twittersphere), describe su exploración del “universo alternativo” que forman los seguidores del candidato en Twitter y explica la conclusión a la que ha llegado.

Aunque tiene algo de cierto que el éxito de Trump es, en parte,  una creación de los medios de información tradicionales, dice Tufekci, “el ascenso de Trump es de hecho un síntoma de la creciente debilidad de los medios de masas, especialmente a la hora de controlar los límites de lo que es aceptable decir.”

“Durante décadas, los periodistas de los principales grupos mediáticos han actuado como guardianes (gatekeepers) que juzgaban sobre qué ideas se podía discutir públicamente, y qué era considerado demasiado radical. Esto se llama en ocasiones la ‘ventana Overton’, por  Joseph P. Overton del Mackinac Center for Public Policy, conservador, que estudió la gama relativamente reducida de políticas que eran vistas como políticamente aceptables. Lo que los guardianes consideraban aceptable coincidía con frecuencia con aquello que creían quienes estaban en el poder. Las conversaciones fuera del marco de esa ventana no se toleraban.”

Y continúa: “Para mal, y a veces para bien, la ventana Overton se ha roto. Estamos en una era de rápido debilitamiento de los guardianes.”

Muchos de los seguidores de Trump con los que contactó Tufekci decían que no confíaban ya en las grandes instituciones, fuesen partidos políticos o medios de comunicación. En lugar de acudir a ellos, “comparten historias personales que fortalecen la narrativa común, la cual mezcla falsedades y hechos -frecuentemente ignorados por las instituciones poderosas que ahora detestan- con las políticas de resentimiento racial.”

Trump, dice la autora,  no hace sondeos internos para ajustar su mensaje, como suele hacerse en las campañas, sino “algo mejor”: usa Twitter para recoger y amplificar los mensajes que tienen resonancia. “No es una celebrity chapucera. Es un político que está estrechamente en contacto con su propia y polarizada base.”

El fenómeno Trump, finaliza Tufekci, no es simplemente una creación de columnistas de la prensa o comunicadores de la televisión “que pensaron en un principio que su candidatura era un chiste que se podía explotar para conseguir audiencia”. El ascenso de Trump “muestra la fortaleza de unos seguidores, unidos en los medios sociales, que creen que los medios son un chiste”.

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Pienso que los argumentos expuestos, con adaptaciones y añadidos,  podrían explicar también el fenómeno Podemos en España. Al menos,  de modo más convincente que las simples -e indemostrables- explicaciones que se han popularizado, y que atribuyen la gran atención mediática que se ha prestado a Iglesias Turrión y a Podemos esencialmente a una operación política orquestada por el Partido Popular.

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(Esta entrada se ha corregido para sustituir “teorías conspirativas” por “operación política”, una vez leídas las objeciones puestas al primer término por el comentarista del blog Jive Talkin).

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La segunda línea

Hay una opinión extendida que señala a Mariano Rajoy como el “tapón” que impide al PP consentir de una u otra forma un gobierno basado en el acuerdo PSOE-Ciudadanos. Algunos de los que así piensan creen que si el PP renovara su dirección, sobre todo si cambiara de líder el partido,  esa posibilidad  estaría al alcance de la mano.  Incluso suponen que hay ahora mismo entre los  dirigentes del PP, personas bien dispuestas a todo ello  y que bastaría que desapareciera Rajoy para que se pudiera descorchar la botella y brindar por los pactos.

Yo no lo creo. De entrada, dudo de que el tapón sea la voluntad personal de Rajoy, su apego, digamos,  a la silla de presidente del Gobierno. Las ambiciones políticas de Rajoy ya se han visto colmadas: lleva décadas en la política, ha estado en todos los cargos imaginables y ha sido presidente del Gobierno. Lo ha sido durante cuatro años difíciles en los que ha estado bajo una fuerte artillería crítica: de fuego amigo y de fuego enemigo. Debe de saber, porque no es ningún tonto, que si pudiera revalidar su cargo, lo que le esperaría es más de lo mismo y peor. Pero esta es una pura impresión, y que sea acertada o no tampoco tiene gran  importancia.

Lo decisivo no es que Rajoy quiera o no quiera presidir otro Gobierno, sino qué quiere el partido, qué quieren decenas y decenas de dirigentes que, naturalmente, le deben el cargo a Rajoy, pero que además de esa lealtad (que siempre se puede romper) tienen sus propias expectativas. Para esa segunda línea del partido, renunciar ahora a la batalla por formar Gobierno va contra sus intereses. Los que forman esa segunda línea aún no han visto colmadas sus ambiciones  políticas.  Retirarse de la lucha por el Gobierno significaría dejar los puestos y cargos en los que están, y olvidarse de  los puestos y cargos que aspiran a ocupar.

En la segunda fila no hay cuatro gatos:  hay muchos miembros del partido, muchas personas de confianza, porque en España un Gobierno tiene la capacidad de nombrar a decenas y decenas de altos cargos, cosa que no sucede en otros países donde el cambio de Gobierno conlleva poco más que el cambio de ministros. Son muchas personas, muchos “colocados” y muchos que esperan colocarse aun mejor. Muchos a los que una retirada del campo de batalla, como la que supondría aceptar un Gobierno  presidido por Sánchez, les perjudicaría personalmente. Rajoy ya no puede ser más de lo que ha sido, pero ellos sí.

Si no son tontos, y hay que suponer que no lo son,  calibrarán que las posibilidades del PP de formar Gobierno tampoco serán mucho mejores que ahora después de una repetición de las elecciones. Pero ¿y si la flauta suena por casualidad? Nadie puede asegurar  ni que el PP vaya a mejorar sus resultados ni que vaya a empeorarlos. Lo mismo es válido  para los demás partidos. Aunque no cambie mucho el mapa parlamentario, cualquier variación modificará las posiciones relativas de los partidos y por lo tanto el escenario de los pactos.

Para los que están en la segunda fila del PP, lo único seguro es que aceptar ahora un Gobierno PSOE-Ciudadanos significa “cero beneficios” (a corto, medio plazo). De ahí que sea probable que estén presionando para que no suceda tal cosa. Es más, en la hipótesis de que Rajoy sea el empecinado, el resultado es idéntico: sólo se  protegerá de movimientos internos en su contra haciendo caso de “los suyos”.

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