“En España se vive como en ningún sitio”

El otro día en El Búho entrevistamos a Manuel Arias Maldonado, profesor de Políticas en la Universidad de Málaga, a propósito de las elecciones en Andalucía, y nos habló (y además lo ha escrito, el artículo lo enlazo abajo) de que allí muchos jóvenes y supongo más gente han hecho de la “calidad de vida” un valor que compensa carencias (carencia de empleo, por ejemplo) y les lleva a resistirse a cambios políticos que pudieran amenazarlo.

Al escuchar a Manuel Arias he recordado algo de mi propia experiencia. Cuando regresé a España a finales de la década de los ochenta,  después de varios años de nomadeo por distintos lugares del mundo, me sorprendió encontrar en boca de mucha gente esa idea de que en España tenemos una gran calidad de vida, siempre en comparación tácita con otros países de Europa o del mundo mundial,  y siempre como compensación de las distintas deficiencias que pudiera tener España. La frase era: “Sí, pero en España se vive como en ningún sitio”.

No se decía tal cosa  en los setenta ni en los ochenta, que yo recuerde. Por entonces, los españoles miraban hacia otros países europeos no con envidia, pero sí con la aspiración de vivir como ellos. Y quizá de ser como ellos.  Se sobreentendía que nos quedaba mucho camino que recorrer. Las carencias eran evidentes, nadie lo ponía en duda. No se pensaba ya que España era “lo mejor del mundo”, tal como había pregonado  la propaganda franquista en sus buenos tiempos. Ese autobombo de la autarquía había perdido cualquier poder de convicción décadas antes.

Lo que me sorprendió, al volver, fue que aquel autobombo hubiera reaparecido, de otra forma, sí, pero con el mensaje inconfundible: España es cojonuda. Aunque la razón para sostener tal cosa ya no era el rollo de la “reserva espiritual”, sino que aquí se viviera mejor: que los españoles sabíamos vivir mejor que otros. Los otros eran, naturalmente, nuestros vecinos del Norte, aquellos europeos que sólo se dedicaban a trabajar y no sabían disfrutar de la vida. No sabían divertirse, los pobres idiotas, y cuando venían a España flipaban con nuestro saber vivir, del que formaba parte fundamental  nuestra intensa vida nocturna.

Había dado yo por supuesto que ese orgullo de “qué bien vivimos” se había acabado, y más con la crisis, pero resulta que sigue vivito y coleando. En Andalucía, decía Arias Maldonado. Y más allá, añado. En realidad, todos los fines de semana y fiestas de guardar muchos españoles se aplican diligentes a demostrar lo bien que saben divertirse. ¡Al menos, eso! Al menos en eso nadie puede darnos lecciones: somos nosotros los que podemos darlas. Y no tomarlas, claro. No hay nada que aprender si ya tenemos aprendido lo esencial, que es cómo llevar divinamente esto de la vida.  Y, así,   la “calidad de vida”, ese saber vivir que está tan cerca del saber divertirse, desbanca la aspiración a una vida de calidad, a una vida en la que uno hace algo aparte de disfrutar de la vida.

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Psicopatología de la vida andaluza, Manuel Arias Maldonado: http://www.elmundo.es/andalucia/2015/03/04/54f6b2b5e2704e67558b456b.html

 

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La profecía del gran cambio

Por el gusto de especular, o sólo por joder, que diría el castizo, tengo cada vez más la impresión de que el gran cambio sobre el que tanta tinta viene corriendo, ése que se producirá a no más tardar  en las próximas generales, con su fin del bipartidismo, su fin de “régimen” y su fin de todo lo habido y por haber,  acabará como tantas profecías que se han hecho en los últimos años: fallando.

Más divertido aún: puede ocurrir que en ese parlamento más fragmentado, tripolar si quieren, que surja de las urnas,  y ante la falta, casi segura, de una mayoría absoluta, el partido mayoritario (PP, probable; PSOE menos probable),  recurra para solucionar el problema de gobernabilidad a los partidos que siempre lo han solucionado: los nacionalistas. Ahí está el PNV, que mientras el nacionalismo catalán subía al monte se ha quedado en el campamento base. Ahí está Durán, posible compañero de viaje  en el instante en que deje de serlo de los convergentes. Ahí podrá estar alguno más de la familia (piénsese en Coalición Canaria).

Solo por especular. Pero no es infrecuente que cuando todo el mundo está mirando hacia un lado, cuando todo el mundo da por hecho que va a suceder tal cosa, las cosas se empeñen en suceder de otra manera.  Es más, se empeñen en suceder del mismo modo que han sucedido otras veces.

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Antonio Morales Moya, historiador

Hace unos días fallecía  Antonio Morales Moya, uno de los historiadores españoles que se enfrentó críticamente a  la idea, muy extendida en la historiografía española reciente,  de que España es una nación “inventada”. Tal vez por ello, o porque no era una figura con presencia mediática (nos costó convencerle para que se dejara entrevistar en El Búho en Radio 4G FM), el caso es que han aparecido en la prensa solo dos obituarios recordando la obra y la figura de Morales Moya. Enlazo aquí los dos, como pequeño y particular homenaje a un gran historiador:

Muere el historiador Antonio Morales Moya (El Imparcial, Mariano Esteban de Vega)

Creo, en efecto, en el compromiso social del historiador que trata de esclarecer el pasado para una mejor comprensión del presente. Por eso, he tratado de participar, tan modestamente como fuere, en la “esfera pública”, es decir, en esa red social donde se intercambian informaciones y puntos de vista que se convierten, como señalaba Habermas, en “opinión pública”… Por otro lado, creo que tiene sentido reivindicar la historia desde el punto de vista de la lucha por una sociedad abierta, por la primacía de la razón, de la justicia, de la libertad y de la igualdad.

(“El compromiso del historiador. Conversación con Antonio Morales Moya”, Historia del Presente, 10, Madrid, 2007, p. 86).

El reciente fallecimiento del profesor Antonio Morales Moya (Villa Sanjurjo, 1933-Madrid, 2015), deja a la historiografía española sin uno de sus más importantes referentes. Protagonista de una carrera académica atípica (licenciado en Filosofía y Letras a los treinta y siete años y doctor en Historia a los cuarenta y ocho, tras ejercer mucho tiempo como miembro del Cuerpo Superior de Administradores Civiles del Estado), a partir de su irrupción profesional en el campo historiográfico a comienzos de la década de los ochenta (primero en la Universidad Complutense, después en Salamanca, a continuación en la Universidad Carlos III y, finalmente, en la Fundación Ortega y Gasset), Antonio Morales consiguió imprimir una huella original en los muchos y diversos territorios del pasado sobre los que proyectó su atención.

(Continuar lectura: http://www.elimparcial.es/noticia/147463/cultura/Muere-el-historiador-Antonio-Morales-Moya.html )

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En defensa del patriotismo constitucional (ABC, Mariano Esteban de Vega)

Lectura aquí: http://www.iec.cat/recull/fitxers/15/02/04/001HFU3I.pdf

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Julia Escobar publicaba en su blog una semblanza más personal de Morales Moya, escrita por un amigo suyo:

En la muerte de Antonio Morales Moya: http://laquimera.typepad.com/laquimera/2015/02/en-la-muerte-de-antonio-morales.html

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Todos somos Grecia

España es Grecia. Francia es Grecia. Italia, por supuesto, es Grecia. Gran Bretaña es Grecia por más que ponga el Canal de La Mancha. Finlandia es Grecia. Otros nórdicos también son Grecia, para no ser menos. Alemania, sí, también ella es un poco Grecia. No se libra nadie. Todo el mundo europeo es Grecia. En todos esos países, como en otros, los grandes partidos de centro, los que han hecho la UE, los que han gobernado por turnos, y especialmente aquellos a los que les tocó el turno durante la crisis económica, reciben las patadas del electorado. Unos reciben pataditas, pequeños avisos y advertencias. Otros reciben patadas que los sacan por la puerta. La cuestión es si esa patada es o no es una patada a la realidad.

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Tres artículos importantes sobre la masacre en Charli Hebdo

El asesinato en la redacción del semanario humorístico Charlie Hebdo ha dado lugar a un debate sobre la libertad de expresión, y a otro, relacionado,  sobre la compatibilidad del islam con la cultura política occidental. Pongo aquí tres artículos, dos centrados en el primer aspecto y otro en el segundo, que me han parecido importantes entre muchos de los publicados estos días, aparte, claro está, de los firmados por codueños de este blog.

I am not Charlie Hebdo, de David Brooks en el New York Times

Los periodistas de Charlie Hebdo son celebrados ahora, y con razón,  como mártires de la libertad de expresión, pero hagamos frente a esto: si hubieran intentado publicar su periódico satírico en el campus de alguna Universidad americana durante las dos últimas décadas no habría durado 30 segundos. Grupos de estudiantes y de facultades les habrían acusado de hacer un discurso del odio. La administración le hubiera quitado apoyo financiero y lo habría cerrado.

La reacción pública al atentado en París ha mostrado que hay muchas personas que se apresuran a idolatrar a aquellos que ofenden los puntos de vista de los terroristas islamistas en Francia, pero que son mucho menos tolerantes con aquellos que ofenden sus propios puntos de vista en su país.

(Continuar lectura del original en inglés: http://www.nytimes.com/2015/01/09/opinion/david-brooks-i-am-not-charlie-hebdo.html ) (Para la traducción al español: http://internacional.elpais.com/internacional/2015/01/09/actualidad/1420843355_941930.html )

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No sé si soy Charlie Hebdo, de Víctor Lapuente en El País

Como ante todo ataque terrorista, la opinión pública occidental se ha dividido en dos bloques irreconciliables. Por un lado, los “Yo soy Charlie Hebdo”, que defienden una libertad de expresión sin límites, el derecho a ofender a todo tipo de religión o grupo humano. Es una visión liberal sensata, por mucho que se hayan adherido a ella oportunistas de última hora que hubieran cerrado los Charlies Hebdos de muchos otros países, incluyendo el nuestro. Por el otro lado, tenemos a los “Yo no soy Charlie Hebdo”, para quienes la coexistencia pacífica en el mundo moderno requiere impedir las expresiones “ofensivas” mediante leyes antidiscriminación y antidifamación más estrictas. Si pensamos un poco, vemos que también tiene sentido lo que dicen. Basta con echar un vistazo a algunas de las viñetas del antisemita semanario alemán de entreguerras Der Stürmer para sentir auténtico miedo ante la propagación de ciertos odios colectivos. ¿Podemos reconciliar estas dos sensateces opuestas?

(Continuar lectura: http://elpais.com/elpais/2015/01/09/opinion/1420834517_824508.html )

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Una comunidad imaginaria, de Olivier Roy en El País

El atentado que ha sufrido en París la revista satírica Charlie Hebdo ha reactivado el debate que ya suscitaba en Francia la compatibilidad entre el islam y Occidente. La cuestión es más delicada en Europa occidental que en Estados Unidos debido a la enorme cantidad de musulmanes que no solo residen aquí, sino que también son ciudadanos.

Una extraña coincidencia hizo que el mismo día del mortífero atentado contra Charlie Hebdo se produjera la largamente esperada publicación de Sumisión, la última novela del siempre exitoso autor francés Michel Houellebecq. El libro imagina la victoria de un partido musulmán moderado en las elecciones presidenciales y generales francesas de 2022.

La cuestión de la compatibilidad entre el islam y la cultura política francesa u occidental ya no solo atrae la atención de los sospechosos habituales: la derecha populista, cristianos conservadores o laicistas acérrimos de izquierdas. Convertida en algo que desata pasiones, ya ha calado en todo el espectro político. Ahora, la población musulmana —que no se identifica con terroristas— se teme una virulenta reacción antimusulmana.

Grosso modo, dos son los relatos que se enfrentan en la cuestión sobre la compatibilidad entre la cultura musulmana y la sociedad francesa.

(Continuar lectura: http://elpais.com/elpais/2015/01/12/opinion/1421087876_925466.html )

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