El discreto encanto de las coaliciones

Hace semanas, meses quizá, había un sondeo de Metroscopia en El País acompañado de un análisis de clima social que indicaba que una mayoría de votantes deseaba que en lugar de un partido hegemónico hubiera una fragmentación que forzara a la negociación y el acuerdo entre distintos partidos. Es sabido que una cosa son los deseos y otra la realidad, o por ceñirme al caso, que una cosa es que el electorado desee un multipartidismo con pactos y otra que le plazca luego el resultado de tal situación. Por esa disonancia habitual y por el escaso entusiasmo que despertaron las experiencias de gobiernos de coalición en varias autonomía españoles, yo tendía una vez más al escepticismo: los votante querrán entendimiento, ¿quién no?, pero cuando el entendimiento pase de las musas al teatro,  ya no les gustará tanto la función.

Aún así, hay argumentos sólidos y fundados para sostener que los gobiernos de coalición suelen dar mejores resultados que aquellos de un solo partido. El profesor Víctor Lapuente, del Instituto para la Calidad de Gobierno de la Universidad de Gotemburgo, ha publicado un artículo muy convincente al respecto.  ”Elogio de la fragmentación política”: http://elpais.com/elpais/2015/05/14/opinion/1431618262_958817.html

Por resumir mucho, Lapuente, basándose en estudios realizados, afirma que los gobiernos de coalición tienden a ser más reformistas, menos corruptos y más capaces de robustecer el Estado de bienestar. Insisto:  sus argumentos son buenos. Aunque tropiecen en el caso español con las experiencias antes citadas: los pentapartitos, tripartitos, bipartitos que hemos tenido en autonomías españolas no son buen ejemplo ni dejaron tampoco buen recuerdo. Pero si uno sale de España, también encuentra malos ejemplos (aunque los haya buenos en los países nórdicos) y sobre todo encuentra ejemplos de partidos que fueron barridos del mapa electoral después de coaligarse con otro más fuerte:  los liberales alemanes (FDP) o los liberal-demócratas británicos de Nick Clegg.

En el programa de radio El Búho tuvimos la oportunidad, este martes, 19 de mayo, de hablar con Lapuente sobre su artículo.  Yo le pregunté, justamente, sobre eso: sobre el  coste que han tenido los gobiernos de coalición para el partido minoritario. Coste que, sin duda, preocupa ya mismo a partidos como Ciudadanos, al punto de que ha declarado que no participará en ningún gobierno que no presida.

La respuesta de Lapuente tiene mucho interés. Lo que dijo fue que esos partidos han de encontrar su “nicho de mercado”: especializarse, en otras palabras. Como han hecho, por ejemplo, partidos minoritarios de países nórdicos. Citó el caso de un partido “especializado”, por así decirlo, en el sistema educativo. Ese es su nicho, y se le vota o deja de votar en función de los avances/retrocesos que logra en ese ámbito.

Su idea tiene sentido: los partidos mayoritarios son como las grandes superficies comerciales. Tienen de todo, ofrecen de todo. Los partidos minoritarios pueden naturalmente imitar a las grandes superficies, y tener y ofrecer de todo. Pero no es probable que logren hacerle la competencia al gran comercio y llevarse a toda su clientela. De ahí que lo que debieran hacer es lo mismo que ha hecho el comercio pequeño para sobrevivir: especializarse, centrarse en unos pocos productos, y extremar la calidad.

A día de hoy, sin embargo, nuestros potenciales partidos bisagra están en otra historia. Quieren ser como los grandes. Aun más: quieren ser los grandes. Creen o dicen creer que pueden ser los primeros, cantar bingo y llevarse el gordo.  Alguno hay que se vio ya en La Moncloa y luego se ha visto en los arrabales. Pero están en la ambición. Y por estar en la ambición (desmedida y no realista) igual pierden la oportunidad.

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La caída de Saigón

El 30 de abril de 1975, las fuerzas de Vietnam del Norte y del Vietcong tomaron Saigón, la capital sudvietnamita, y forzaron  la rendición de Vietnam del Sur. Fue el final de  la guerra de Vietnam.  De aquel día de hace cuarenta años han quedado en la retina mediática las imágenes de los helicópteros que evacuaban al personal de la embajada americana,  aunque  los helicópteros evacuaron también al mismo tiempo a miles de refugiados vietnamitas (no a todos, mucho se quedaron a merced de los nuevos dueños de Saigón y Vietnam del Sur).

Pero era la imagen apropiada al balance: Estados Unidos había perdido y huía. En realidad, había huido dos años antes: en 1973 puso fin a su intervención militar en Vietnam (acuerdos de París) y dejó al régimen sudvietnamita solo ante el peligro. El presidente de Vietnam del Sur, Van Thieu, pidió desesperado ayuda al presidente de EEUU, Gerald Ford, en la primavera del 75.  Ya no era posible.  La huida mostraba no sólo la obviedad de que es más fácil involucrarse en guerras que ganarlas, sino también una tendencia norteamericana.

La guerra de Vietnam, más que cualquier otra de la Guerra Fría,  ofrece distintos ángulos, todos ellos cargados de consecuencias. Así, su sinrazón o su razón: aquella teoría de las fichas de dominó que estuvo en la base de esa y otras intervenciones, ¿hasta qué punto se demostró acertada? Porque los que cayeron como fichas de dominó, bien que unos cuantos años después, fueron los regímenes comunistas.

Fue, aunque quién lo diría,  una guerra no declarada: Estados Unidos nunca declaró la guerra a la guerrilla del Vietcong. Y fue, por supuesto, una guerra en la que la información periodística y la opinión pública, ambas vinculadas, acabaron por tener una influencia decisiva en el modo en que el gobierno norteamericano libró la guerra y decidió sobre ella.  Es interesante el  caso de la Ofensiva del Tet. Representa el  punto de inflexión en la percepción de la guerra por parte del público americano, es el momento en que EEUU es percibido como derrotado, a pesar de que la ofensiva no fue un triunfo del Vietcong. Pero los medios percibieron y transmitieron que había sido un triunfo suyo y un desastre para los americanos.

De la oposición a la guerra de Vietnam se nutrieron los movimientos de protesta, básicamente estudiantiles, de mediados de los años 60 en adelante, y de ahí  surgió una Nueva Izquierda (primero y sobre todo en USA), que acabaría con el predominio de los viejos partidos comunistas de obediencia soviética. Pero aquello que con mayor claridad surgió de la guerra de Vietnam fue el anti-americanismo. Vietnam transformó a la potencia benévola que había salvado a Europa del nazismo en la potencia maléfica que bombardeaba a población civil y asesinaba a niños.  Es el papel en el que ha quedado encasillada desde entonces. Y ni siquiera Obama, con todos aquellos grandes propósitos suyos,  ha logrado cambiar eso.

 

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Poulantzas y la madalena de Proust

Syriza es la madalena de Proust de mi grupo generacional.  Esto ya lo presentía, pero  encontré la confirmación al leer en un artículo de Alexander Clapp en la London Review of Books  que Nicos Poulantzas, que se suicidó en París en 1979, es el referente intelectual del partido que hoy gobierna en Grecia.

¡Poulantzas!  Alguien que estuviera en los setenta en el entorno de la izquierda  se transportará, nada más oír su nombre,  a las reuniones cargadas de humo, a las citas previas y de seguridad,  a las charlas de café en las que  el nombre de Poulantzas se pronunciaba con la admiración que merecen los pensadores profundos. Muy, muy profundos. Poulantzas era uno de los innovadores del pensamiento marxista cuando tal cosa aún tenía vigencia o se imaginaba que la tenía. Uno de los grandes del estructuralismo marxista, junto con Althusser.

La profundidad de Poulantzas era tal que difícilmente se le entendía, pero nosotros y tantos le leíamos convencidos de que allí, en sus textos, estaban las claves y que si no lo comprendíamos era por nuestra bisoñez intelectual. Bien. He seleccionado al azar un fragmente de su libro más conocido, editado en España por Siglo XXI, “Poder político y clases sociales en el estado capitalista”. Aquí está:

“Tratemos de ver el lugar que corresponde, en ese contexto,  a lo político y más particularmente a la práctica política. El concepto de práctica reviste aquí el sentido de un trabajo de transformación sobre un objeto (materia prima) determinado, cuyo resultado es la producción de algo nuevo (el producto) que constituye, o por lo menos puede constituir, una ruptura con los elementos ya dados del objeto. Pero, ¿cuál es a este respecto la especificidad de la práctica política? Esa práctica tiene por objeto específico el “momento actual”, como decía Lenin, es decir, el punto nodal en que se condensan las contradicciones  de los diversos niveles de una formación en las relaciones complejas regidas por la sobredeterminación, por sus diferencias de etapas y su desarrollo desigual. Ese momento actual es, pues, una coyuntura, el punto estratégico en que se fusionan las diversas contradicciones en cuanto  reflejan la articulación que especifica una estructura con predominio. El objeto de la práctica política, tal como aparece en el desarrollo del marxismo por Lenin, es el lugar donde finalmente se fusionan las relaciones de las diversas contradicciones, relaciones que especifican el lugar de la estructura; el lugar a partir del cual puede descifrarse, en una situación concreta, la unidad de la estructura y actuar sobre ella para transformarla. Con esto está dicho que el objeto sobre el cual versa la práctica política depende de los diversos niveles sociales -la práctica política versa a la vez sobre lo económico, sobre lo ideológico, sobre lo teórico y sobre “lo” político en sentido estricto- en su relación, que constituye una coyuntura.”

Y así 466 páginas de profundidad insondable. Nosotros sólo lo leíamos, siempre sin entender que no había nada que entender, salvo alguna que otra evidencia y trivialidad. No sé si Poulantzas era uno de ellos, pero en la época -y en Francia- abundaban los impostores intelectuales dedicados a escribir textos oscuros, porque cuanto más oscuros más admiración y fama les  procuraban. Tiene más miga ponerse ahora a gobernar  con este bagaje intelectual. Es un decir: sospecho que Poulantzas es para Syriza lo que una celebrity para una fiesta.

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Alexander Clapp, Diary:  http://www.lrb.co.uk/v37/n07/alexander-clapp/diary?utm_source=newsletter&utm_medium=email&utm_campaign=3707&utm_content=ukrw_nonsubs&hq_e=el&hq_m=3683277&hq_l=17&hq_v=c8006c268c

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“En España se vive como en ningún sitio”

El otro día en El Búho entrevistamos a Manuel Arias Maldonado, profesor de Políticas en la Universidad de Málaga, a propósito de las elecciones en Andalucía, y nos habló (y además lo ha escrito, el artículo lo enlazo abajo) de que allí muchos jóvenes y supongo más gente han hecho de la “calidad de vida” un valor que compensa carencias (carencia de empleo, por ejemplo) y les lleva a resistirse a cambios políticos que pudieran amenazarlo.

Al escuchar a Manuel Arias he recordado algo de mi propia experiencia. Cuando regresé a España a finales de la década de los ochenta,  después de varios años de nomadeo por distintos lugares del mundo, me sorprendió encontrar en boca de mucha gente esa idea de que en España tenemos una gran calidad de vida, siempre en comparación tácita con otros países de Europa o del mundo mundial,  y siempre como compensación de las distintas deficiencias que pudiera tener España. La frase era: “Sí, pero en España se vive como en ningún sitio”.

No se decía tal cosa  en los setenta ni en los ochenta, que yo recuerde. Por entonces, los españoles miraban hacia otros países europeos no con envidia, pero sí con la aspiración de vivir como ellos. Y quizá de ser como ellos.  Se sobreentendía que nos quedaba mucho camino que recorrer. Las carencias eran evidentes, nadie lo ponía en duda. No se pensaba ya que España era “lo mejor del mundo”, tal como había pregonado  la propaganda franquista en sus buenos tiempos. Ese autobombo de la autarquía había perdido cualquier poder de convicción décadas antes.

Lo que me sorprendió, al volver, fue que aquel autobombo hubiera reaparecido, de otra forma, sí, pero con el mensaje inconfundible: España es cojonuda. Aunque la razón para sostener tal cosa ya no era el rollo de la “reserva espiritual”, sino que aquí se viviera mejor: que los españoles sabíamos vivir mejor que otros. Los otros eran, naturalmente, nuestros vecinos del Norte, aquellos europeos que sólo se dedicaban a trabajar y no sabían disfrutar de la vida. No sabían divertirse, los pobres idiotas, y cuando venían a España flipaban con nuestro saber vivir, del que formaba parte fundamental  nuestra intensa vida nocturna.

Había dado yo por supuesto que ese orgullo de “qué bien vivimos” se había acabado, y más con la crisis, pero resulta que sigue vivito y coleando. En Andalucía, decía Arias Maldonado. Y más allá, añado. En realidad, todos los fines de semana y fiestas de guardar muchos españoles se aplican diligentes a demostrar lo bien que saben divertirse. ¡Al menos, eso! Al menos en eso nadie puede darnos lecciones: somos nosotros los que podemos darlas. Y no tomarlas, claro. No hay nada que aprender si ya tenemos aprendido lo esencial, que es cómo llevar divinamente esto de la vida.  Y, así,   la “calidad de vida”, ese saber vivir que está tan cerca del saber divertirse, desbanca la aspiración a una vida de calidad, a una vida en la que uno hace algo aparte de disfrutar de la vida.

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Psicopatología de la vida andaluza, Manuel Arias Maldonado: http://www.elmundo.es/andalucia/2015/03/04/54f6b2b5e2704e67558b456b.html

 

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La profecía del gran cambio

Por el gusto de especular, o sólo por joder, que diría el castizo, tengo cada vez más la impresión de que el gran cambio sobre el que tanta tinta viene corriendo, ése que se producirá a no más tardar  en las próximas generales, con su fin del bipartidismo, su fin de “régimen” y su fin de todo lo habido y por haber,  acabará como tantas profecías que se han hecho en los últimos años: fallando.

Más divertido aún: puede ocurrir que en ese parlamento más fragmentado, tripolar si quieren, que surja de las urnas,  y ante la falta, casi segura, de una mayoría absoluta, el partido mayoritario (PP, probable; PSOE menos probable),  recurra para solucionar el problema de gobernabilidad a los partidos que siempre lo han solucionado: los nacionalistas. Ahí está el PNV, que mientras el nacionalismo catalán subía al monte se ha quedado en el campamento base. Ahí está Durán, posible compañero de viaje  en el instante en que deje de serlo de los convergentes. Ahí podrá estar alguno más de la familia (piénsese en Coalición Canaria).

Solo por especular. Pero no es infrecuente que cuando todo el mundo está mirando hacia un lado, cuando todo el mundo da por hecho que va a suceder tal cosa, las cosas se empeñen en suceder de otra manera.  Es más, se empeñen en suceder del mismo modo que han sucedido otras veces.

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