Contra la generalización del género

Berta González de Vega, Gabriela Bustelo, Verónica Puertollano, Emilia Landaluce, Eva Díaz Pérez y algunas más, entre las que me encuentro, hemos publicado este texto:

Las aquí presentes, que no abajo firmantes, tenemos algo que decir, por si alguien quisiera escuchar. No como mujeres. Como individuas, cada una con sus gustos, colores, lecturas, edades, canciones. Por si a alguien le sigue dando por hablar en nombre de “las mujeres”. Y nos sale esto.

La situación de las mujeres en España, según todas las estadísticas de organismos internacionales, es de las mejores del mundo, sin que ello signifique que no pueda mejorar. En la actualidad, hay más mujeres en la universidad que hombres, el fracaso escolar es masculino y la presencia femenina se hace cada vez más evidente en profesiones como la medicina, la judicatura, la alta Administración del Estado o los niveles más altos de la política.

En los últimos años, sin embargo, coincidiendo con la entrada en vigor de la Ley de Violencia de Género, se ha instalado en el discurso predominante una corriente que presenta a las mujeres por defecto como víctimas del heteropatriarcado, de una sociedad machista, lo que nos parece dañino para las expectativas de cualquier mujer y, sobre todo, de niñas y jóvenes que deben saber que, ahora, en España, pueden llegar donde se propongan. Las desventajas para colmar las más altas ambiciones de las mujeres que las tengan pueden venir de un ámbito estrictamente doméstico donde el Estado no puede poner remedio con leyes. La diferencia salarial se da entre madres frente a hombres y mujeres sin hijos. La conciliación atañe tanto a las madres como a los padres, ambos responsables de la educación de sus hijos y de un reparto de tareas que ellos estimen conveniente.

El número de víctimas de la llamada violencia de género no ha mejorado con la entrada en vigor de la ley. En estos diez años ha habido picos de sierra pero no ha bajado significativamente el número de víctimas mortales, por eso creemos necesario hacer una evaluación rigurosa de qué ha fallado para que se frustren las expectativas puestas en esa legislación. Creemos que conviene estudiar científicamente el perfil de los asesinos y de sus víctimas para poder abordar las políticas necesarias con datos empíricos y no conjeturas como la que dice que cualquiera de nosotras puede ser víctima. Cabe recordar que en los países nórdicos, paraíso del igualitarismo, hay más asesinatos de mujeres que en las sociedades del Sur de Europa. No podemos ignorar, además, la cantidad de hombres que se han asociado para denunciar atropellos en la aplicación de la ley de Violencia de Género. Una sociedad sin miedo a la verdad debería investigar si hay padres a los que se les ha hurtado de una relación con sus hijos por una mala aplicación de esta ley. Investigando y evaluando es como siempre se ha progresado.

Además, nos rebelamos contra el uso de “las mujeres” como expresión de un bloque monolítico de pensamiento, iguales en sus aspiraciones y en sus quejas. Ya hemos visto esa estrategia con los nacionalistas, por ejemplo, cuando han usado “los vascos” o “los catalanes”. Las mujeres en España son libres para elegir si quieren reducción de jornada en el caso de ser madres o si prefieren que sean los padres los que la pidan, libres para dar el pecho el tiempo que quieran o libres para elegir que el padre dé biberones, libres para aspirar a estar en una empresa del Ibex o en su casa. Son libres para elegir carreras universitarias que les lleven a trabajos muy bien pagados o para escoger otras de futuro laboral más incierto. Las niñas de hoy necesitan saber que ellas no son víctimas, que ellas tienen el futuro en sus manos. En 2015, la revista Time votó como el antiguamente llamado Hombre del Año a Angela Merkel. Sigue habiendo menos mujeres en las jefaturas de Gobierno pero desde hace tiempo las ha habido en el poder de países tan importantes como Gran Bretaña, con Margaret Thatcher, hace ya tres décadas.

Nuestros hijos deben saber que han tenido la inmensa suerte de nacer en un país donde existe el respeto a las mujeres y donde las niñas llegarán donde quieran. Porque ya lo han hecho. Porque ya ha hay rectoras, investigadoras, políticas, médicos, abogadas, escritoras de best sellers, diplomáticas, periodistas, empresarias y también juezas que han puesto coto a la corrupción. Como los hombres. Queda camino y, sobre todo, mucha negociación en cada casa donde haya parejas con aspiraciones profesionales. En España, somos libres e iguales en derechos y en deberes a los hombres. No ocurre en muchos países del mundo. Según UNICEF, se estima que 133 millones de niñas han sufrido mutilación genital, sobre todo en Oriente Medio y en África. Eso no es terrorismo machista, es barbarie en nombre de una religión. Las mujeres en España hace 40 años que dejaron de depender de los hombres para ser iguales que ellos. A muchas les sobra el paternalismo. No nacemos víctimas.

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Nota: El enlace al texto en medium no funciona en el blog. Disculpas. Lo encontrarán si buscan en Google el título del manifiesto. Hay ya más de cincuenta firmantes en estos momentos (12/02/2016)

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“Un sombrero cargado de nieve”

El 9 de febrero estará en las librerías este libro mío, publicado por la editorial Stella Maris. Adelanto aquí el texto de contraportada de “Un sombrero cargado de nieve“:

“Este es el relato de una peripecia personal, un viaje hacia la aceptación de los límites que dan cobijo a la existencia humana. En 1980, la autora decide huir de su desorientación y de la monotonía. Las aventuras políticas del final del franquismo han acabado, y nada ha sido como pensaban los jóvenes que se creyeron revolucionarios.  Sólo es una escapada, pero cuando suba al Transiberiano para un periplo que la llevará hasta Japón y Filipinas, se subirá a otra vida, una existencia errante que la conducirá por los cinco continentes durante siete años.

Atraviesa el Sáhara en un viejo coche para venderlo en el África subsahariana, se instala en un pueblo ecuatoriano donde imparte clases de ballet, recorre Colombia vendiendo bisutería en los mercadillos, viaja a Nueva Zelanda y trabaja allí de camarera, y va de país en país en busca de un destino que siempre estará en otra parte. Entremedias vive  en Berlín, Basilea y Ginebra, tratando de ser fotógrafa y cineasta y ganándose la vida en empleos ocasionales. El azar va diseñando una ruta, a veces divertida, a veces peligrosa, y nunca predecible.

Cuando marcha, no sabe qué busca, sólo sabe de qué huye. No pretende conocerse a sí misma, sino desconocerse. Descubre la emoción de explorar el mundo y de vivir distintas vidas, y que lo difícil no es empezar desde cero una y otra vez: es conseguir una continuidad. Al cerrar el círculo, no tiene más que un cargamento de experiencias tan inútiles como preciosas, y la certeza de que ya no es la misma que se fue.”

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Salir del 36

Estos días se habla de un gobierno del Frente Popular en España. Es el modo en que algunos comentaristas y políticos de derechas se refieren a la posibilidad de que el PSOE y Podemos formen un gobierno, alianza que para prosperar tendría que contar con el respaldo parlamentario de algún partido más, que podría ser el PNV.

Yo no veo probable esa coalición, pero es lo de menos. Lo de más es otra cosa: el hecho de que en España haya una tendencia, y tanto en la derecha como en la izquierda, a evocar cada tanto en la pugna política los fantasmas de los convulsos años treinta de nuestra historia.

Nada tiene que ver la situación española con la de entonces. Nada tiene que ver la situación europea, de la que la situación española es parte, con la de los años 30 del pasado siglo, que fue el momento en que surgieron  los Frentes Populares. Lo hicieron impulsados por los partidos comunistas después de un cambio de estrategia de la Komintern (la internacional comunista dominada por los soviéticos) cuando Hitler ya había llegado al poder.

Se podrá alegar que cualquier coalición de izquierdas  tiene, grosso modo, similitudes con aquellos Frentes Populares, y que es una manera de hablar. Lo primero no es cierto. Los partidos socialistas de ahora no son como los de los años 30; no son, en concreto, ni marxistas ni revolucionarios. En cuanto a los comunistas, ¿dónde están? Una cosa es que los fundadores de Podemos se hayan declarado fans del comunismo y presuman (infundadamente, pienso) de marxistas y otra que Podemos sea un partido comunista. Esto es casi lamentable: con los comunistas de hace décadas se podía uno entender, o al menos se les entendía.

Por otro lado, no hay una Komintern, no hay un Kremlin con la estrella roja, y ni el chavismo ni el castrismo, o lo que queda de ellos, pueden sostener la comparación. Esto, por mencionar únicamente a los dos pilares del Frente Popular que hubo en España en 1936. Recuérdese que agrupó también a Izquierda Republicana, Unión Republicana, Partido Sindicalista, POUM, y Partido Galeguista, y que contó con el apoyo de CNT-FAI, UGT, Izquierda Radical Socialista y, en Cataluña, el Front d’Esquerres.

Poner hoy la etiqueta de Frente Popular a una posible coalición de izquierdas no es tampoco “una manera de hablar”, un rótulo “para entendernos”. Sean cuales sean las intenciones de quienes emplean esa denominación, utilizarla evoca de inmediato el Frente Popular de la II República, y su corolario infausto: la guerra civil, que estalló unos meses después de su llegada al poder.

En la derecha se mete miedo a la izquierda identificándola con el Frente Popular. En la izquierda se mete miedo a la derecha identificándola con los golpistas del 36, el fascismo, Franco y la dictadura. ¿Acabaremos saliendo del 36 algún día? ¿Alguna vez dejará de utilizarse políticamente la guerra incivil, sea para meter miedo, sea para instigar odio? Para que luego digan que en la Transición hubo un pacto de olvido.

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La “cultura del pacto”

Mucho se habla, que diría el maestro Yoda, de la cultura del pacto. Hablado se ha, sí señor, desde hace meses. Se dijo que los votantes españoles estaban hartos de las mayorías absolutas, del bipartidismo, y de la eterna disputa PP-PSOE, que algunos no consideraban disputa sino componenda.  Y se dijo, sostenido por las correspondientes encuestas, que aquello que deseaba el buen electorado era una política en la que nadie predominara y todos tuvieran que entenderse.

Puede ser que ese fuera el deseo, la buena intención. Sin embargo,  las buenas intenciones no bastan: una cosa es la intención y otra que los medios para que tal intención se realice sean los adecuados. Está por ver que la fragmentación parlamentaria conduzca al deseado escenario de mayor entendimiento. 

En realidad, no es posible asegurar que ese sea el escenario deseado por los votantes. Cada votante habrá optado por un partido para que ganara o consiguiera la mayor representación posible. O para que otro partido perdiera u obtuviera la menor representación posible. Se podrá interpretar la fragmentación del voto como una señal de que existe un claro deseo de diálogo y acuerdo entre los distintos. Pero lo único que sabemos con seguridad del votante es lo que dijo a través de la papeleta que eligió. 

Seguramente nadie reconocerá, preguntado  por ello, que prefiere la política a cara de perro que la política de guante blanco. Pero el hecho es que hemos tenido  mucho más de la primera que de la segunda. Se les  puede endilgar la culpa de tal predominio a los partidos, en concreto a los viejos partidos. Y tienen su responsabilidad. Ahora bien,  el fulgurante ascenso de un nuevo partido que va de látigo de la casta y de castigador no parecía signo de una voluntad de dejar atrás la idea de la política como una lucha. El 20-D fue Podemos el que tuvo un gran resultado, mientras que Ciudadanos, que hablaba de recuperar el espíritu de la Transición, se quedó en un resultado regular. 

La discusión política española de estos años no ha tenido un tono ni un contenido propicios al acuerdo y al diálogo. Al revés. Desbordó el grado habitual de tremendismo–ayudado por su desplazamiento hacia el espectáculo del plató- y se dedicó a satisfacer el gusto por la confrontación.

Quizá entramos, como tanto se dice,  en la era de la cultura del  pacto. Pero  se está entrando en ella con las espadas en alto. 

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Historias de la clandestinidad. Mendiluce

Supe el otro día de la muerte de Mendiluce. Yo siempre le recuerdo en los setenta. Después apenas le vi una o dos veces, la última en un delirante debate en Canal Sur sobre la guerra de Irak. Nos guardábamos un afecto fruto de aquellos años del tardofranquismo en que los dos formamos parte de la muy minoritaria pero hiperactiva Liga Comunista Revolucionaria. Tampoco es que nos viéramos mucho entonces. La clandestinidad significaba compartimentación. Pero durante una temporada no muy larga los dos formamos parte del comité local de Madrid de la LCR, y para las reuniones quedábamos él y yo en la indispensable cita previa en un bar de tantos, no lejos del metro de Tetuán.

Una mañana, después de la cita previa, nos encaminamos como otras veces a la casa donde nos reuníamos. En el balcón del piso no colgaba ninguna toalla ni ninguna otra prenda y esto nos sorprendió.  Era una de las medidas de seguridad comunes y elementales. Los del piso donde se celebrara una reunión debían poner alguna señal que se pudiera ver desde el exterior para indicar que todo estaba en orden y se podía subir. La pareja que vivía en aquel piso solía sacar una toalla. Era, dentro de todo, lo más discreto. Tengo en la memoria que era casi siempre una toalla grisácea, lo que no quiere decir que estuviera sucia, aunque quién sabe.

La toalla de seguridad no estaba y durante un minuto Mendiluce y yo consideramos la situación. ¿Qué hacer?, o sea. Ya que estábamos allí, no nos agradaba haber ido en balde, y supusimos, aunque creo que sobre todo lo supuso él, que se habrían olvidado de sacar la señal de que había vía libre. Decidimos subir al piso. Era una casa antigua y estrecha, sin ascensor. Cuando llegamos al piso nos encontramos la puerta abierta. Mendiluce entró, y yo detrás. Vimos que no había nadie. Ya no nos paramos a inspeccionar si había señales de un registro. Salimos al descansillo, alterados.

Mendiluce se hizo cargo de la situación al momento. Me dijo que teníamos que bajar las escaleras con toda naturalidad, como si fuéramos una pareja que viviera allí. Aun bajábamos por las escaleras, aparentando mucha calma,  cuando nos encontramos con unos cuantos hombres, dos o tres, no recuerdo ya, que  subían. No los miramos mucho, pero olimos que eran agentes de la Social. Seguimos en nuestro papel, hablando, por así decir, del tiempo. Actuar bien era muy importante. Yo esto ya lo había aprendido cuando me detuvieron y me interrogaron en la DGS (Dirección General de Seguridad, en la Puerta del Sol). Me ayudaron los consejos de otra detenida que estaba en mi celda en los sótanos, estudiante de Medicina,  y con más experiencia en la materia.

Al llegar al portal, Mendiluce me dijo en voz baja que debíamos salir sin prisas,  caminar despacio hasta la siguiente esquina y una vez que dobláramos la esquina, echar a correr a toda velocidad. Así lo hicimos. Y así nos libramos de una caída, a pesar de que infringimos, por curiosos y temerarios, las medidas de seguridad elementales.

No era prudente volver a las casas donde vivíamos cada uno de nosotros. La organización solía disponer de casas de simpatizantes para ocasiones como esa, para refugiar durante un tiempo a los militantes en riesgo y evitar más caídas y detenciones. Pero nosotros, al perder el vínculo con el comité local, nos quedamos descolgados de la estructura de la organización. Mendiluce propuso que nos ocultáramos en un piso propiedad de su madre en la calle Ríos Rosas o una cercana, mientras él trataba de encontrar la forma de contactar con el Buró Político, la máxima instancia de dirección.

Era un piso gigantesco, antiguo, con pinta de que ya apenas vivía nadie en él. El único detalle que me ha quedado de aquel piso es que había un frasco medio lleno de L’air du temps.  Lo repentino de la situación trajo otro inconveniente: casi no teníamos dinero. No teníamos, por ejemplo, dinero para comer. Pero Mendiluce tenía recursos. En la zona había un gran restaurante chino, muy caro y chic, del que era clienta su madre y donde le conocían.  Allí íbamos al mediodía, nos quedábamos en la barra, pedíamos una bebida y comíamos con los pinchos o tapas chinos que nos ponían generosamente por tratarse de él.

Pasamos tres o cuatro días en ese estado de excepción hasta que se logró conectar con el BP. Se confirmó que el resto del comité local, y algunos más, habían sido detenidos. No sé bien qué año fue todo esto. Ni siquiera tengo claro si fue antes o después de la muerte de Franco. Pero sé que los detenidos en aquella ocasión pasaron tiempo en la cárcel. Yo me libré de nuevo de ir a Yeserías. Por los pelos y por Mendiluce, por su sangre fría.

No puedo ni quiero hacer un obituario de Mendiluce. Ni siquiera puedo decir que le conocía bien. Pero sí puedo decir que tenía valor y sangre fría, y que  era un hombre de acción. La primera vez que le vi fue unos años antes, en el bar de la facultad de Económicas de Somosaguas. Fuimos allá unos cuantos de la Liga de otras facultades y él, al que llamaban “el vasco” (todo el mundo tenía motes),  apareció lleno de brío y nos contó las aventuras de la tarde: alguna asamblea, algún conato de manifestación, alguna refriega con la policía.  Pero contado todo eso por él, parecía que aquella tarde los estudiantes habían ganado una batalla decisiva a la dictadura. Y que él, cómo no, había estado al frente del combate.

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