Puigdemont quiere más 155

Puigdemont quiere más 155

José García Domínguez (El Mundo, 20 de mayo 2018)

Rull, Turull, Comín y el sardanista Puig. Pero también Bargalló, el mismo Bargalló que en tiempos de Maragall, cuando ejercía de portavoz del Tripartito en su calidad de sustituto de Carod tras la excursión del otro a Perpiñán, saludó el manifiesto fundacional de un nuevo partido que se iba a llamar Ciudadanos con el siguiente aviso a navegantes: “Hay una amplia tradición catalana de manifiestos. Yo recuerdo, por ejemplo, otro de intelectuales firmado por el señor Amando de Miguel y el señor Jiménez Losantos”. Lo dijo en la sede de la Presidencia de la Generalitat. A poco más de un kilómetro de distancia de allí, en el local de la Ejecutiva de ERC, los terroristas de Terra Lliure que atentaron contra Losantos, más tarde encuadrados todos en el partido de Bargalló, pudieron seguir su intervención en directo gracias a TV3.

Una provocación, sí, en toda regla, pero no una provocación gratuita. Todo lo contrario. El ido, cuya voluntad hoy incontestable ha estado muy presente en esos cuatro desafíos chulescos a la troika de Madrid, ansía mantener encendida la llama que alimenta la estrategia de la tensión en su ínsula Barataria. Y es que nada teme más el dueño del Despacho Prohibido que el retorno de alguna mínima apariencia de normalidad institucional en Cataluña. Por eso Puigdemont va a administrar el continuo crescendo de los fuegos de artificio escénicos hasta que, en paralelo con la sentencia del Supremo, ordene a su propio Torra prender la traca final con la disolución del Parlament y una convocatoria de elecciones que a buen seguro se dirán constituyentes y plebiscitarias. Otra vez. Pero, mientras tanto, necesita como agua de mayo que siga en vigor el 155. Desafiar de modo abierto a la troika cuanto tanto Rajoy como Sánchez y Rivera le han dejado claro cuáles serán las consecuencias de una eventual insubordinación solo admite esa lectura política. Puigdemont quiere más madera.

No el PDeCAT, ahora prácticamente desaparecido en combate. No la Esquerra, ahora empeñada en ofrecer una imagen de moderación y acatamiento al marco legal para no dificultar un tratamiento penitenciario benévolo para Junqueras tras una condena a largos años de reclusión que todos dan por segura. Pero sí el Payés Errante, cada día que pasa más imbuido en su inopinado papel de César carismático e indiscutible del independentismo. Inopinado porque, a fin de cuentas, fue él quien salió corriendo mientras los otros, mal que bien, arrostraron con alguna dignidad personal las consecuencias de sus actos. Pero los prodigiosos alquimistas de TV3 han obrado el milagro de transmutar un alarde de cobardía personal muy próximo a la traición en un dorado cantar de gesta preñado de épica audaz, gallarda y temeraria. El relato, ya se sabe. Así las cosas, la iniciativa política en la plaza se ha convertido en un coto vedado de Puigdemont. Pero el Payés necesita, ya se ha dicho, de la electricidad ambiente para retenerla. Justo lo contrario que Esquerra, cuya táctica de tender puentes conciliadores hacia Colau y el PSC acaba de ser dinamitada desde Berlín con el muy estudiado nombramiento de algo tan aberrante e impresentable como Torra.

Por lo demás, nadie espere acción de gobierno alguna por parte de esa atrabiliaria partida insurgente que acaba de reclutar el interino por delegación. El ido no quería consejeros, quería agitadores. Y agitadores es lo único que vamos a tener en la Plaza de San Jaime. Agitadores y solo agitadores. El máximo representante del Estado en la plaza es estas horas el cabecilla de una bullanga institucionalizada que se anuncia cotidiana e interminable. Si la troika le retira el mando supremo de los Mozos alargando sine die la vigencia del 155, puede que todo quede en solo un desastre. Pero si no se lo quitan, y más pronto que tarde, tendremos una tragedia.

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Daniel Cardona y el deber de la mujer catalana. (Más sobre el héroe de Quim Torra)

Acabo de enviar un artículo sobre este héroe de Quim Torra, el recién elegido presidente de la Generalitat.  Un artículo de Torra, titulado Qué deterioro, de 2009,  me recordó a un artículo de Cardona, de 1923, que había leído hace tiempo en el libro de Francisco Caja,  La raza catalana (2009).

Caja reproduce extensamente lo de Cardona, titulado La ocupación castellana, y publicado en L’Estat Català, la revista de Macià. Y no me extraña: es impresionante. Cardona muestra lo que piensa y siente sin tapujos. Torra, en un formato mucho más breve, se queda en el umbral.

Por citar extensamente aquel artículo de Cardona, dejé fuera otra pieza que no es menos impresionante. Es un artículo titulado “L’Hermano caça pubilles”, publicado en la misma revista y el mismo año, el 15 de abril. Dice ahí Cardona:

“Nuestro ‘hermano’ de poniente, en cambio, encuentra siempre un camino más llano para hacer fortuna. Sintiendo como siente una repulsión instintiva para el trabajo, que cree indigno de un ‘fidalgo’ propio solamente del catalán plebeyo, en lugar de arriesgar la piel en un barco y atravesar el mar, se busca de una ‘recomendación’ de cualquier ‘hermano’ que ejerza autoridad en Cataluña y sin otro bagaje que la insulsa vanidad viene a nuestra tierra a buscar los garbanzos que le son difíciles de encontrar en la suya.

Una vez aquí, los que se contentan con un ‘empleo’ que dé poco trabajo, aunque dé también pocas pesetas. De tanto en tanto, sin embargo, encontráis alguno más espabilado, que vestido como si fuera un gran señor con ropa que el sastre no cobrará jamás, y con la xerrameca típica, consigue engatusar a una chica catalana de buena familia.  Y ya tenéis al ‘hermano’ en camino de hacer fortuna. El padre de la chica es casi siempre uno de estos catalanes que habiendo nacido pobres, con su ingenio, su sudor han podido labrarse una pequeña fortuna. Este hombre aunque por fuera sea rico, conserva el habla y los modos un poco rústicos, y por supuesto la ‘oratoria’ del ‘Hermano’ lo deslumbra como en el míting deslumbra al obrero catalán que le escucha. De la noche a la mañana, el intruso, por obra y gracia de un matrimonio, se convierte, sin otro trabajo que hablar mucho y mucho, en amo y señor de la pequeña fortuna hecha y amasada en sudor de frente catalana. ¿Creéis que este hombre observará la más pequeña gratitud por esta tierra? ¡Ca! Obliga, no es necesario decirlo, a su mujer a hablar una lengua extraña, siente el odio más profundo por todo lo que sea vida catalana, aquellos dineros catalanes ganados con el sudor del trabajo son gastados alegremente en vanidades y, si se le pone a su alcance, a combatir la causa de Cataluña.

Compañeros, es preciso fijarse en este aspecto de la invasión enemiga. La tierra, la riqueza catalanas pasan así fácilmente sin que nadie se dé cuenta a manos de nuestros enemigos. No sirve de nada  que los hombres se dispongan a defenderla si una mujer la regala. Es preciso que la mujer catalana se imponga como primer deber patriótico el no tener amor por ningún enemigo natural de su patria. Para una mujer catalana sólo un patriota catalán como marido. Es preciso infiltrar [sic] a la mujer catalana una máxima repulsión por toda unión que además de entregar al enemigo tierra y bienes catalanes, venga a impurificar la sangre catalana”.

Deber patriótico que otro publicista de Estat Catalá, Salvador Perarnau,  explicaría así en un artículo en La Tralla, en mayo de 1923, titulado “La dona catalana”:

“Nuestra finalidad es que la juventud de Cataluña ame a la mujer de forma completamente catalanesca y que la mujer se dé cuenta de las dotes raciales que lleva en su espíritu tumescentes por una opresión devastadora que las ha desflorado”.

Los héroes de Torra. Unos cracks.

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Kim Torra: el hombre que querrá reinar

Kim Torra: el hombre que querrá reinar

José García Domínguez (El Mundo, 13 de mayo, 2018)

Reza solemne el prólogo de la vigente Constitución de la República Popular de Corea, la refrendada en 1998: “Bajo el liderazgo del Partido del Trabajo de Corea y el pueblo coreano, se establecerá al Gran Líder, el camarada Kim Il-sung, en alta estima, como el Presidente Eterno de la República”. Una doctrina, la de la unidad de mando en lo universal, que el Clan de los Kim acaba de exportar, según parece, a esa República Twittera de Catalunya que regenta el Payés Errante desde un cibercafé de Berlín. Así, luego de aquella trashumante privatización del brazo incorrupto de Santa Teresa por parte del otro caudillo, no se recordaba en el hemisferio occidental del planeta alarde de apropiación indebida como el del despacho de la Plaza de San Jaime ahora vedado al Muy Honorable Kim.Testaferro con vocación efímera, nuestro Kim desahuciado, por lo demás, reúne en su persona todas las características exigibles al telonero de circunstancias que andaba buscando Puigdemont. Para empezar, se trataba de un subalterno menor y secundario dentro de la propia comunión nacionalista, condición necesaria pero no suficiente a efectos de aspirar a la suplencia tal como el propio Puigdemont en persona se encargó de demostrar en su día. Para continuar, Kim encarna como pocos la figura del catalanista primario, básico, en extremo elemental, que siempre sabe llevar hasta las obscenas lindes del racismo expreso y sin tapujos la recurrente coartada culturalista de la que se sirven desde hace un siglo otros nacionalistas un poco más sutiles. De ahí que nadie con dos dedos de frente dentro de su universo doctrinal ose vindicar en público, por ejemplo, a los célebres hermanos Badia, aquel par de atrabiliarios protofascistas del Estat Català que acabarían sus días asesinados por otro pistolero de gatillo fácil, pero este de la FAI, un anarquista que respondía por el improbable nombre de Justo Bueno. Esas cosas, incluso en la Cataluña desquiciada de ahora mismo, muy poca gente se atreve a hacerlas; bien, pues entre los contados escogidos resulta que se encuentra el hiperventilado Kim, gran admirador del crudo lenguaje de los puños y las pistolas que Miquel Badia, el jefe de los Mozos de Escuadra durante el penúltimo golpe de Estado catalanista, implantó en la Barcelona republicana de cuando Companys. Esa indisimulada complacencia del otro Kim con la trastienda moral inconfesable del nacionalismo catalán más indigenista y étnico, ese coqueteo suyo con los hijos putativos del Doctor Robert y otros entusiastas medidores de cráneos, si bien algo patológico constituye un atributo de su personalidad que la hacía muy adecuada para ocupar el interinaje a la intemperie con el que finalmente ha sido premiado. Y ello por una razón de maquiavélica simpleza. Y es que alguien así, un xenófobo indigenista de modos tan rudimentarios, ofrece un perfil inasumible desde el punto de vista estético para la delicada izquierda equidistante de Colau & Cía. Torra es demasiado burdo. Algo, la ruda brutalidad de su verbo, que paradójicamente ha jugado a su favor. Pues eso mismo, el saberlo inhabilitado de partida ante cualquier eventual tentación de volar por libre maquinando una entente con Catalunya en Comú  para liberarse de la tutela del Ausente y así recuperar las llaves del Despacho Prohibido, hacía más atractiva su figura a ojos del Payés Errante. En estrictos términos metafóricos, Kim Torra era lo más parecido a un eunuco que se podría encontrar ayer por la tarde en el mercadillo de saldos políticos de los Encantes barceloneses. Abocados como desde hoy ya estamos a la doble fuente de legitimidades, las que emanarán respectivamente del Diario Oficial de la Generalitat en Barcelona y de la cuenta de Twitter del Payés en Berlín, lo que más podría tener el núcleo duro del ido sería un revival doméstico de la añeja bicefalia imposible entre Garaikoetxea y Arzalluz. Por eso la designación de Kim Torra, esa nada despachada que nunca podrá dejar de ser el hombre que quiso reinar.

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La pela

El ministro de Hacienda aseguró, en una entrevista en El Mundo, que el 1-O no se había pagado con dinero público, poniendo así en cuestión las pruebas sobre malversación de caudales públicos que incluye el auto de procesamiento contra Puigdemont y el resto de acusados por el golpe separatista. Acabo de escribir un artículo sobre ello y no me voy a repetir. No aquí. Ocurre, sin embargo, que el ministro decía más cosas sobre el proceso separatista. Todas ellas, equivocadas.

“El procés tiene bastante que ver con la crisis económica. Hay una crisis de ingresos del Estado que impide asumir las facturas y llega Mas y pide un pacto fiscal. ¡Pero si no teníamos ni para los proveedores!”.

Esto lo puede creer un periodista extranjero que acaba de aterrizar en el asunto catalán. Que lo crea un ministro del Gobierno de España es preocupante. Si Mas exigió un pacto fiscal, que era obvio que no podía darse, fue para tener en la negativa un pretexto (objetivo) con el que lanzarse al proceso independentista de lleno. La exigencia era una que todo el mundo, empezando por Mas, sabía inviable. Por eso la planteó. Nos podremos preguntar cuáles fueron los factores que llevaron a los convergentes a mutar al separatismo declarado en ese preciso instante. Pero el pacto fiscal no fue uno de ellos.

Preguntado sobre por qué tardó el Gobierno en afrontar el proceso separatista:

“Estábamos en lo importante: en que Cataluña progrese, que es lo que no quieren los independentistas, porque si los catalanes progresan dentro de España, los independentistas se quedan sin argumento más allá del sentimental. ”

La tendencia separatista del nacionalismo catalán no tiene causa en las dificultades económicas, sino en lo que Montoro llama “argumento sentimental”, que no es tan sentimental. Lo que mueve el separatismo catalán es un sentimiento identitario supremacista y una paranoia de extinción del ‘pueblo catalán’ ligada a su ‘decadencia demográfica’ y al miedo a que la llegada de otros españoles desnaturalice el ‘ser catalán’. El catalán separatista no va a dejar de serlo por mucho que progrese Cataluña dentro de España. Cataluña ha progresado en España y el separatismo ha existido y existe.

“Yo tengo indicadores semanales de cómo va Cataluña: las ventas vuelven a subir, se están recuperando”

Que hayan salido miles de empresas no le parece importante al ministro de Hacienda para el futuro económico de Cataluña. En todo caso, a quienes no les importa la fuga de empresas y los daños a la economía es a los separatistas; lo cual reafirma lo anteriormente dicho: no es la economía, no es el progreso económico. Creer que el separatismo es una respuesta a los problemas económicos es no saber nada del separatismo y no saber cómo hacerle frente.

“Vivimos en un Estado que puede impedir presupuestariamente la independencia. Y es lo que hemos hecho”

Pues organizaron el 1-O, que fue un momento crítico para España, con los gastos intervenidos por su ministerio. Bravo. Presupuestariamente.

Qué daño ha hecho la creencia, especialmente extendida en la derecha española, de que lo único que les interesa a los nacionalistas catalanes, separatistas de fondo, es la pela. No, no es la única. Lo que más les interesa, lo que más desean es separarse de España. ¿Por qué no lo entienden?

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Rubén Losada, unas octavillas, un ‘seiscientos’, y una condena por sedición (Vigo, 1963)

El 7 de marzo de 2017, hace ahora un año, moría mi padre en Vigo, la ciudad en la que pasó la mayor parte de su vida. Rubén Losada Fernández había nacido noventa y siete años antes en Buenos Aires. Fue el cuarto y último hijo de Encarnación Fernández y Benjamín Losada, ella originaria de la aldea de Espandariz y él de la muy cercana de San Clodio, ambas en la provincia de Lugo, que se conocieron y casaron en la capital argentina. Regresaron con sus hijos a España hacia 1921 y después de un intento de volver a afincarse en San Clodio, que no resultó satisfactorio, se trasladaron a Vigo, donde Benjamín, que había trabajado en la hostelería en Buenos Aires, se desempeñó como empleado del Café Bar Derby, como encargado del Lyon D’Or y como encargado del Café Royal, situado en el arranque de la calle Urzáiz, no lejos del Derby.

En torno al año 1934, Benjamín Losada se quedó como dueño del Café Royal, el cual cambiaría de nombre posteriormente -el por qué es historia que contaré si acaso otro día- para llamarse Café Bar Goya. Rubén, que estaba estudiando en el Instituto -ubicado en el colegio de los Jesuitas, en la calle Sanjurjo Badía, tras la disolución de la compañía de Jesús en la II República-, tuvo que dejar los estudios para ayudar en el negocio familiar. Poco después del estallido de la guerra civil, Benjamín envío a su hijo mayor, Gilberto, a la Argentina, donde se quedaría ya para siempre. En 1947, Rubén aprovechó una oferta del consulado argentino para marcharse también allá, su lugar natal, donde trabajaría como mecánico de coches, jeeps o camiones. Regresó tres años más tarde, quedándole de aquella experiencia, entre otras cosas, una admiración sin límites por la riqueza y el bullicio de la metrópoli bonaerense y una cierta admiración por Perón.

Se casó con Pilar Fernández Rodríguez en 1953. Para entonces, ya había acometido algunas reformas en el café bar Goya, que permitirían transformarlo, andando el tiempo, en la primera gran cafetería moderna de la ciudad. Se convirtió, tanto por su ubicación céntrica como por  la calidad de sus productos, en lugar de encuentro preferido de muchos vigueses, y cuando cerró el Derby, hacia finales de la década de los 60, también se mudó al Goya parte de la clientela de artistas, escritores e intelectuales que tenía el viejo café de don Albino Mallo, entre ellos, el pintor Laxeiro.

Fue unos años antes cuando Rubén fue detenido por la policía política. En junio de 1962 para ser exactos. El motivo fueron unas octavillas que él  y cuatro amigos suyos, clientes del Goya, habían lanzado por las zonas industriales de Vigo, durante la noche, llamando a una huelga para reclamar que se readmitiera a los trabajadores despedidos de la fábrica Reyman. Para ese lanzamiento, mi padre usó su coche, un Seiscientos, matrícula PO 18.663, tal como recoge la sentencia, una copia simple de la cual pondré luego en imagen.  (Al topar con la copia de la sentencia he vuelto a recordar aquella matrícula que me supe de memoria durante muchos años.)

Sobre los detalles y los protagonistas de aquella acción, que fueron comentados multitud de veces en la familia, baste decir ahora, basándome en  el testimonio de mi padre, que la iniciativa surgió de manera espontánea en las conversaciones en el Goya entre ellos, que ninguno de los implicados era militante comunista ni simpatizaba con el comunismo (en aquel entonces no lo sabían, pero uno de ellos, sí era del PCE), y que les pareció lógico y natural hacerlo, sin que les pasara por la cabeza (no a él, al menos) que podían incurrir en algún delito grave.

Cómo llegaron a identificarlos y a detenerlos con tanta rapidez es historia menos clara, siempre a tenor de lo que contaba mi padre. En algún momento nos contó que le habían identificado por el coche e incluso por las huellas de los neumáticos de aquel Seiscientos histórico, pero creo que esa fue la versión para los niños que éramos nosotros. Otra versión posterior rezaba que uno de los participantes, ingenuo hasta el final, se lo confesó a un policía amigo o conocido suyo, cuando éste le dijo que habían encontrado las octavillas y se preguntó quiénes habrían sido los autores. La tercera versión es que habían pillado a uno del grupo, quizá por sospechar ya de él, y éste, en comisaría, y a golpes, había cantado.

Más seguro que todo esto es lo que contaba mi madre sobre cómo informó  la Pirenaica, la emisora clandestina del PCE, que ella escuchaba a veces, de la detención. Dijeron que habían detenido a una célula comunista en Vigo. Lo que faltaba para fastidiar a los detenidos. La paradoja era que mi padre no fue nunca comunista, sino anti comunista, pero aquella detención y los meses de cárcel que sufrió, bastaron para que en la ciudad mucha gente creyera que lo era. Fue, en realidad, el único de la familia que, llegada la democracia, no votaría nunca a partidos de izquierda. Era uno de esos amigos de la libertad, contrarios a la dictadura franquista, y contrarios también al comunismo,  que según las historias que suelen contar de la época, eran unas rara avis en España, aunque mi padre sostenía que así era la mayoría de la gente entonces.

Recuerdo la llegada de un policía a nuestra casa, en la calle Ecuador, número 113, segundo piso. Era, al parecer, un policía al que mis padres conocían, tal vez por ser cliente del Goya, pero tengo grabada la escena de mi madre abriendo la puerta de casa por la sensación de angustia o  pesadumbre o incertidumbre que capté en ella cuando llegó la visita. Supongo que se trataba de un registro, pues el policía entró -excusándose,  según contaría luego mi madre-  para ver si había algo comprometedor en la casa, algún libro prohibido, por ejemplo.

Es probable que mi madre supiera ya de la detención, porque Rubén no había llegado a casa, como llegaba todas las noches, después del cierre del negocio, cosa que ocurría a las tres o más de la madrugada. A los pocos días, nos trasladamos a casa de mis abuelos, en la calle Gil, justo detrás del Goya, donde pasamos prácticamente el verano. Recuerdo que aquel verano, alguna vez, fuimos ella y nosotros, sus tres hijos, a la parte de atrás del edificio de los Juzgados, donde estaba la cárcel, y desde la calle, vimos a nuestro padre que nos saludaba desde una de las ventanas de la prisión. Es posible, pero no estoy segura, que nos tirara desde allí arriba alguna nota escrita. La cárcel estaba entonces en el centro de la ciudad, muy cerca del Goya.

En septiembre, el día de la Merced, nos dejaron entrar a verle a mi hermano y a mí. Mi hermana era aún muy pequeña y no fue. La visita a la cárcel de Vigo fue una de las experiencias más extrañas de mi vida infantil. Mi padre nos enseñó la cárcel como si fuera un hotel y con el tono vital y optimista que solía tener, aunque mucho más adelante sabríamos que estaba profundamente angustiado, pues había temido que lo sometieran a un consejo de guerra y también temió que le retiraran el permiso de residencia o nacionalidad española que tenía, junto a la nacionalidad argentina, y le obligaran a salir del país.

Durante la visita nos llevó a su celda y nos mostró las pocas cosas que había allí,  un catre, una mesita, el váter,  lo que fuera, como si se tratara de grandes inventos y comodidades. Luego nos llevó por distintas dependencias de la prisión, de las que sólo recuerdo el patio y un poco la cocina. Fue en el patio, al ver a los presos vagando por allí con cara de pocos amigos,  donde tuve la sensación de que aquello no era el hotelito estupendo que mi padre nos estaba contando. En la cocina no me fijé en el techo, que según contaría después mi padre, estaba negro de las cucarachas que había en él. También contaba que en la cárcel le encargaron que les enseñara a leer o les leyera a otros presos, y que el relato favorito de estos, era uno que aparecía en un Reader’s Digest sobre algún gran robo (no pudo ser el robo del tren de Glasgow porque sucedió un año después, en agosto de 1963). Fuera el que fuese, la narración del robo compendiada en el Reader’s era la que los presos querían oír una y otra vez. Cosas del oficio.

La sentencia, de la Audiencia Provincial de Pontevedra, del 19 de abril de 1963, los condenó a él y a los otros cuatro por un delito de provocación a la sedición,  a la pena de dos meses y un día de arresto mayor. Pero ya habían pasado en la cárcel, en prisión provisional,  más tiempo (desde el 8/9 de junio hasta el 2/3 de octubre de 1962). Tal vez por ese motivo, mi padre decía siempre que los habían absuelto y que incluso el fiscal los había defendido durante el juicio, esto es, salió del juicio con la impresión de que habían ganado. Pero no, fueron condenados, como se ve en la copia de la sentencia, dos páginas,  que pongo aquí.

 

 

 

 

 

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