Humanismo, luego cristiano

En su calidad de militante del Partido Popular, Cristina Cifuentes,  nueva Delegada del Gobierno en Madrid, ha presentado una enmienda para que el próximo Congreso del partido suprima la referencia al cristianismo que tradicionalmente ha incluido en su declaración de principios.

Es decir, donde se dice que el PP se inspira  ”en los valores de la libertad, la democracia, la tolerancia y el humanismo cristiano y está plenamente comprometido con las necesidades, las preocupaciones y los problemas de todos los ciudadanos”, borrar “cristiano” y dejarlo en “humanismo”.

La enmienda razona que “es absolutamente improcedente proponer como base ideológica de una formación política la correspondiente a una convicción religiosa”. Absolutamente cierto. Pero hay un pequeño problema: la estrecha relación entre el humanismo  y el cristianismo. Siempre, claro, que nos estemos refiriendo a aquello que venimos llamando humanismo del Renacimiento para acá, aprox.  

Volvemos a una discusión que ya ha asomado más de una vez, sobre la consideración del cristianismo: cultura o  religión. Aunque  no debería plantearse en términos excluyentes. Yo creo que se entiende bien que la referencia al humanismo cristiano del PP no es confesional, pero es discutible.  Me hubiera gustado oírle a Cifuentes, esta mañana en la radio, un desarrollo más elaborado de su propuesta.

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Pelea de mujeres

Soraya vs. Soraya. Excitante para la prensa con disfunción y viejos verdes.  No hay pelea de chicas sin fango.   En el diario El País, sin renunciar al barro, ponen la esgrima, para disimule. Le llaman ”duelo” y merece este titular: “Soraya no pudo con Soraya“. Pero si el paciente lector se pregunta cuál es la Soraya que resistió, se lo seguirá preguntando tras leer la pieza. Qué más da. Todo el interés periodístico de este tonto asunto es  calentar la imaginación con dos mujeres, un ring y el  fango.

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Molinos de viento

He pasado buena parte del domingo leyendo sobre la última reforma laboral, siempre, claro, tras los pasos de quienes han logrado entrar con el machete analítico en la espesura selvática.   (Yo casi no pediría otra cosa: que las leyes sean legibles.)  De resultas del intento, creo que me he formado una opinión,  aun parcial y revisable;  una cosa entremedias: ni todo positifo ni todo negatifo. Veo, sin embargo, que en el campo de batalla  no se combate por  la realidad de la reforma, sino por eslóganes: “todo a veinte”, “demolición de los derechos de los trabajadores”,  “el partido de los empresarios” (esto de Joaquín Estefanía, hay que ver), “la imposición”, etcétera. Y, del otro lado, cunde una fijación con los sindicatos CC.OO. y UGT, como si estos fueran  los grandes e insuperables obstáculos a los cambios. Por supuesto,  ellos se oponen y se han opuesto siempre,  pero no han tenido nunca más poder que el que los gobiernos de turno han querido darles.  Mire vuestra merced que aquellos que allí se parecen no son gigantes, sino molinos de viento.

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¿Qué es ser conservador?

José García Domínguez (ABC-Cataluña)

Montañas, centenares y centenares de muy sesudos tratados se publicaron en el difunto siglo XX sobre cómo tendría que producirse la transición del capitalismo al socialismo.  Pero nadie pensó en escribir uno solo que indicase el camino de vuelta, a la postre el único que hubiera resultado útil. De forma análoga, aquí se han despilfarrado litros y litros de tinta a propósito de si resulta compatible decirse de izquierdas y comulgar con el micro-nacionalismo.  Tedioso debate bizantino con el que gusta entretener los ratos de ocio la crema de la intelectualidad doméstica de varios lustros a esta parte. Sin embargo, tampoco a nadie se le ha ocurrido plantear la cuestión contraria. Esto es, la nada impertinente pregunta de si el nacionalismo  identitario  – valga el pleonasmo – resulta compatible con la filosofía política conservadora.

Y es que, de pensamiento, palabra, y obra, nuestros presuntos conservadores locales no pierden ocasión de certificar lo inviable de tal matrimonio. Verbigracia, la consejera Rigau, de Educación. Una señora que, en la mejor tradición antisistema,  ansía adoctrinar a los escolares en el desprecio a los más altos tribunales del Reino. Así, postula Rigau que la nueva asignatura de Educación Cívica y Constitucional  se convierta en un programa de adiestramiento para pequeños militantes contra el orden democrático español. Platón, el pionero de todos los doctrinarios que en el mundo han sido, propuso eliminar a los púberes mayores de diez años al objeto de edificar luego la sociedad ideal. Acaso un poco menos ambiciosa, Rigau parece conformase con proceder a lavarles el cerebro una vez alcanzada esa edad. Un afán, ése suyo, que concuerda con el obsesivo maximalismo que tiene por norma la derecha local y localista. A cuenta del asunto que nos ocupa, escribiría Oakeshott, el genuino padre putativo del conservadurismo contemporáneo: “Ser conservador es preferir […] lo efectivo a lo posible, lo cercano a lo distante, lo suficiente a lo excesivo, lo conveniente a lo perfecto”. O sea, el “peix al cove” tan denostado, ¡ay!, por nuestros “conservadores”.

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Modelando…

cabecitas.

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